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martes, 16 de junio de 2009

Céline: el hombre enfadado


En sí misma, toda idea es neutra o debería serlo; pero el hombre la anima, proyecta en ella sus llamas y sus demencias; impura, transformada en creencia, se inserta en el tiempo, adopta figura de suceso: el paso de la lógica a la epilepsia se ha consumado... Así nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas. E.M. Cioran

Leía Viaje al fin de la noche , y pregunté a mi madre: - Mamá, dime qué le debieron de hacer a este hombre. Dime por qué está tan enfadado.

Tuve respuestas inmediatamente. Para empezar Céline, en realidad Louis Ferdinand Destouches, fue en su más tierna juventud enviado al frente de la primera guerra mundial. Oficialmente hacía falta defender a la patria. ¿Acaso no es éste suficiente motivo como para escribir una de las más feroces sátiras contra la civilización occidental? ¿Es injustificado desentenderse del mundo cuando éste se ha convertido en una estafa universal, en algo así como una trampa a gran escala? ¿Cómo no hubiera podido enfadarse ante semejante espectáculo?

Norte es el último volumen que nuestro autor perpetró en vida, dos años antes de morir. Aunque su contenido pueda engañarnos, se trata de parte de sus memorias en el exilio. Para ser más precisos, la obra reúne lo que recuerda del período final de la Segunda Guerra Mundial, ni más ni menos que a cien kilómetros de Berlín cuando una vez fue destruida por completo. La pregunta es qué hacía él allí en esos momentos, en un albergue para refugiados alemanes. Y la respuesta es sencilla: no hacía nada, pero allí estaba porque era collabo, es decir, francés colaboracionista: nazi.

¿Niega Céline alguna vez las acusaciones de que fue objeto? En absoluto. Sí nos ofrece sus reflexiones, nunca alegaciones. Su pensamiento crítico, sus opiniones son el motor de Norte, que es un relato caótico, mucho más nervioso en cuanto a prosa que su primera novela, mucho más cáustico y desorganizado, como nos confiesa continuamente:

"...¿que no hay el menor orden en mi relato?...¡ya os orientaréis!...¿ni pies ni cabeza?...¡maldita sea! [...] ¡mala suerte! El libro entero está en Gallimard, ¡y qué poco les importa también a ésos!... ¡recuerdos y memorias!... ¡sólo las vacaciones los despiertan!"

Este desorden estructural impulsa a muchos a afirmar que su autor llegó a perder los papeles. Es una definición exacta. Ahora bien, debió perderlos premeditadamente. La reflexión sobre este desorden, la afirmación de que el escritor puede y debe ordenar su material como le plazca, como se lo vaya proporcionando su propia memoria, constituye uno de los numerosísimos motivos que se repiten cíclicamente.

Otros leit-motivs muy frecuentes son los que tienen que ver con la destrucción del mundo. La bomba H, la de fusión nuclear de hidrógeno, mucho más potente que las de fisión (las de Hiroshima y Nagasaki) no es más que el símbolo de a lo que conducirán los excesos de la guerra fría. Uno no puede pensar sin estremecerse que dos años después se produjera la denominada crisis de los misiles...

Otro motivo gira en torno a los chinos. Los chinos son en Céline la garantía de que una turba multitudinaria y furibunda barrerá el mundo occidental. La chusma acabará con todo, la célebre frase de Nietzsche, es citada nada menos que tres veces a lo largo de todo el libro. Ésta no deja de ser una concepción finalista, en que la historia se encamina hacia su propia e inevitable destrucción. Que todo un pueblo como el chino se una bajo un solo credo, el comunista, y se disponga a uniformizar el mundo es equivalente a que la chusma acabe con todo. Claro que todas estas concepciones apocalípticas no son más que literatura. Céline era suficientemente diletante como para dejarse llevar por las palabras, como para no tener que creer siempre lo que dijera, como cualquier cínico o dandy. Como Cioran o el Marqués de Sade.

¿Qué entenderé por dejarse llevar por las palabras? Utilizarlas como un auténtico proyectil fonético, como una carga de profundidad que se intalase en el cerebro receptor. Utilizar los términos negro, alemán, francés, ruso, enfermo, lisiado como adjetivos despectivos forma parte de una estrategia para convertir el léxico en una suerte de ametralladora. Céline pretende arremeter contra el relato lineal. La sintaxis, el vocabulario, la disposición de los acontecimientos, todos los elementos de su prosa sirven para expresar la crispación, el estado de tensión que está viviendo el escritor en el momento mismo de generar su enunciado. Palabras obscenas (retrete, zurullo, ano, orgía, reventar...), insultos, figuras retóricas de contenido macabro o el humor negro son otros de los elementos con que maltrata al lector, zarandeándolo, y provocando en él mil reacciones que van del más tonificante de los entusiasmos al más profundo de los rechazos.

Por todo esto, Norte es un libro que nació con todo en contra, pensado para ser rechazado, odiado: un libro incómodo, asombrosa y extrañamente divertido, o por lo menos insólito.

No cabe duda de que Céline era racista, como tantos otros médicos de su tiempo, que fue expulsado de Francia gracias en buena parte a sus libelos antisemitas. Eso no significa que actuara contra unas razas en concreto para afirmar la propia. Lo mismo aplico para Nietzsche: si se detesta a todo el mundo, ¿se puede no ser racista? Los argumentos de Céline no son nunca defensivos: él cree que nunca cometió nada punible. Nunca actuó en detrimento de nadie porque nunca tuvo ideología alguna. Nunca olvidemos que tenemos delante a un desvergonzado, a un dandy. Todos los esfuerzos de Norte van encaminados a demostrar lo siguiente: el mundo está dividido en ricos y pobres. Los ricos mueven por hilos a sus pobres para que se asesinen mutuamente en los campos de batalla por ideologías que sólo a ellos, los poderosos, interesan. Todos los soldados, por lo tanto, luchan estafados. La obra de Céline, un hombre de escasos recursos económicos, puede entenderse como un frontal ataque, como una monumental boutade contra la alienación. Éste es el pensamiento sociológico de Céline, por el que se acerca momentáneamente a una postura marxista.

En cuanto toda simpatía y posibilidad de identificación con cualquier patria, credo o moral ha desaparecido, una persona no siente ya necesidad de ser amable, de guardar apariencia alguna. Puede mostrar todo su desprecio. Se ha exiliado voluntariamente, por lo que no puede ser expulsado. Ya no pertenece a ningún sistema de convenciones éticopolíticas:

"Visto desde la otra orilla, no está nada mal... ya no tienes que charlar, perder el tiempo para mostrarte amable, el estatuto de paria tiene su lado bueno... cuando veo a De Gaulle en casa de Adenau... Adolf y Philippe [Pétain] en Montoire... Carlos Quinto visitando a Isabel... ¡todo zalemas, carmín, polvos, para nada!... el "intocable" ya no tiene que maquillarse, un poco más de mierda, y se acabó, de arriba abajo, ¡lo único que le piden!"

Por descontado, Céline odia al comunismo como odia también a todas las otras religiones y credos. Como Nietzsche y Cioran, los pensadores que constituyen nuestras referencias (Cioran, como tantísimos otros, vivía en París y publicaba en Gallimard. Es posible que él y Céline se leyeran mutuamente. En cualquier caso sostienen posturas similares). Todo argumento teleológico que, como la salvación o la revolución, diera sentido a la historia y a la vida humana, es inadmisible por lo que tiene de uniformizador de personalidades, por lo que tiene de igualitario. El dandy quiere mirar siempre por encima, con toda su voluntad de poderío, frente a la vulgaridad de la mayoría engañada. Tanto Céline como Cioran son muy refractarios a la figura de Jean-Paul Sartre, principal impulsor de la literatura comprometida con los problemas y necesidades de la sociedad. Cioran llega a decir de él que es un hombrecito de vida e ideas patéticas. Céline, ante las acusaciones que Sartre lanza contra él, dice que es él el loco, el que se compromete para salvar lo condenado al egoísmo. El hombre es demasiado perverso como para ser defendido. Si toda la humanidad es malvada, ¿cómo iban a poder no serlo ellos?

"El gran cansancio de la existencia no es más, tal vez, que el enorme trabajo que nos tomamos para ser razonables durante veinte, cuarenta años y más, para no ser simple y profundamente uno mismo, es decir: inmundo, atroz y absurdo. Una pesadilla, tener que presentar desde la mañana hasta la noche un superhombre, como un pequeño ideal universal, al subhombre claudicante que se nos ha dado."

Esta absoluta ausencia de apuntalamiento ideológico nos conduce a una nueva concepción de la solidaridad y la convivencia. Sólo un escéptico podrá ser solidario con todos los demás. No hay credo o religión posible que simpatice con cualquier manifestación de la vida, porque ésta incluye inevitablemente acciones violentas, guerreras, o simplemente no estipuladas por ningún libro sagrado o ético. Sólo para el desvergonzado, el criminal sin crimen, que ladra y no muerde, tiene sentido algo así como la solidaridad universal, destinada a todos y cada uno de los seres del mundo por igual, sin distinción alguna.

Curiosamente, habiendo publicado decenas de escritos en que defendía el suicidio, Cioran confiesa en una entrevista haber ayudado a muchos a superar sus problemas. Suicidas de todo el mundo le confiaban sus situaciones, pidiéndole consejo. Cioran se solidarizaba con ellos, incluso los invitaba a pasear y los convencía de que lo libertador era cansarse de pensar en la muerte, agotar ese tema, tenerlo ya por habitual y rutinario, y dedicarse a otras cosas... De la misma forma, Céline no hace otra cosa que curar enfermos, sean del bando que sean, aunque le hayan perjudicado. Es comprensivo con todos, desde el pobre nazi decadente que intuye ya que va a ser aniquilado hasta el francés prisionero que lo delata y lo odia, al cual regala tabaco y víveres. Por eso, aunque aparentemente sus libros parezcan una condena absoluta, están muy lejos de serlo. Céline salva a muchos de sus personajes, reales o no, y eso le convierte en una personalidad verdaderamente singular...¡es un hombre capaz de bondad, de verdadera y arbitraria bondad !

Entre los personajes que salva encontraríamos a su mujer, a su amigo el actor alelado, a su gato, a todo aquél que tuviera suficiente pereza como para no asesinar, a todo cobarde, traidor o humorista. En definitiva, la desesperación, la incapacidad, la impotencia y la inactividad son los factores que interesan a Bardamu y al propio Céline. Toda carnicería es perpetrada por el héroe, el fanático o el mártir, por el idealista. El ser normal, el lúcido, será siempre perseguido por el disparatado, por el febril, por quien se empeña en demostrar sus tesis, sus fortalezas, seguridades e infalibilidades.

Lo que sorprende es que alguien así cayera en las redes precisamente del nazismo. Esto no es extraño, sino más bien habitual en la época (caso D'Annunzio, caso Ezra Pound), y podría explicarse por una cuestión de supervivencia, y por otra de cansancio. Expliquémonos...¿Fue Céline nazi de veras? ¿Tuvo ambiciones imperialistas, ansias de que los judíos desapareciesen y de que los arios reinasen sobre los europeos? No lo parece en absoluto. Lo que es más plausible es que no tuviera adónde ir cuando la Resistencia se lo robó todo y lo amenazó de muerte, o incluso que se cansara de ser acusado, que no soportara el ambiente circundante y se entregara a la primera doctrina potente que encontró. Cioran es quien mejor ha descrito este tipo de procesos, en los que el intelectual fatigado se deja caer en las garras del totalitarismo:
"El intelectual fatigado resume las deformidades y los vicios de un mundo a la deriva. No actúa, padece; si se vuelve hacia la idea de tolerancia, no encuentra en ella el excitante que necesitaría. Sólo el terror se lo proporciona, lo mismo que las doctrinas de las que éste es consecuencia. ¿Qué es su primera víctima? No se quejará. Sólo le seduce la fuerza que le tritura. Querer ser libre es querer ser uno mismo; pero él está harto de ser él mismo, de caminar en lo incierto, de errabundear a través de las verdades. "Ponedme las cadenas de la ilusión" suspira, mientras se despide de las peregrinaciones del Conocimiento. De este modo se arrojará de cabeza en cualquier mitología que le garantice la protección y la paz de un yugo"

Céline, consciente de quién está perdiendo la guerra, tiene miedo de relacionarse con lo que llama supernazis, nazis de verdad, que son las únicas personas que pueden protegerlo de una muerte cierta e inmediata. A la vez, relacionarse con oficiales de las S.S. es garantía de ser fusilado a medio plazo. A Céline le costó la cárcel. Por eso podríamos hablar de nazismo circunstancial, medio forzado. Porque la alternativa era la muerte.

Pero hay otro motivo por el que entró en ese círculo que iba engulléndolo (esa consciencia de ir siendo tragado como por una corriente perniciosa e inexorable constituye otra constante que, página tras página, a medida que el responsable de su protección es un hombre cada vez más comprometido con el poder del Reich). Pudo haber sido su nazismo un último intento de no caer en la terrible polarización manipulada que sacudía Europa, de no volver a formar parte de la guerra, de evitar sus consecuencias para uno mismo. Este motivo es ni más ni menos que... el anarquismo. El anarquismo entendido como la libertad de someterse a un yugo en cuanto se desee, de esclavizarse a uno mismo a voluntad :

"¿cuántas cartas de insultos recibo al día? Siete u ocho...¿y cartas de admiración inmensa?... casi otras tantas... ¿acaso he pedido algo? ¡de ningún modo! ¡nunca!... anarquista soy, he sido, sigo siendo, ¡y me traen sin cuidado las opiniones!"

Céline es racista porque lo es todo el mundo. Mejor: porque para él no se puede ser de otra manera. Es más, y aquí parte de su propia experiencia en África, todos los hombres de todas las razas son racistas respecto a los demás. Céline es malvado como lo es todo el mundo, aunque en momentos de polarización social o internacional haya siempre un bando que se apodere del lenguaje de la bondad, la santidad y la fraternidad para disimular, disfrazar, ser hipócrita. Por eso se pasa al bando contrario: no es más malvado que el anterior, y además aún no lo ha estafado como hizo el francés. Por otra parte, no debía sentir precisamente aprecio por el nazismo y los nazis, como demuestran estas palabras:
"...no era un tipo antipático... pero tampoco muy comunicativo... daba la impresión de que le iba el rollo... sería el primer nazi que se pareciera a lo que debían ser, tercos, bien gilipollas...

"¡los alemanes me la chupan! Si no te impones, ¡estás jodido!"

Esta maldad del ser humano lleva a Céline y a su mujer a apreciar más la vida animal que la humana, porque la destrucción es inocente en el animal, y en cambio el hombre es doblemente culpable porque podría evitarla, escoger entre el bien y el mal. Su condición consciente lo convierte en un auténtico malvado:
"No tenía el gran ideal humano, yo. Creo que habría sentido más pena por un perro en trance de morir que por Robinson, porque un perro no tiene maldad, mientras Robinson, de todos modos, era un poco malo. También yo era malo, éramos malos..."

Frecuentemente, Céline esperpentiza a la Humanidad mediante léxico fisiobiológico. Es lo que podríamos llamar visión biológica del cosmos . El hecho de que fuera médico ayuda al autor a construir paralelismos y enumeraciones verdaderamente inhabituales:
"... en realidad, en cualquier lugar y en cualquier época, paz, calma chicha, guerras, convulsiones, vaginas, estómagos, vergas, jetas, ¡que ya no sabes qué hacer con ellos! ¡a espuertas!... pero, ¿los corazones?... ¡infinitamente raros! Desde hace quinientos millones de años, la tira de vergas, tubos gástricos, pero, ¿los corazones?... ¡se pueden contar con los dedos!"

Otra pregunta que se plantea el autor es por qué es tan perseguido. Qué mal puede causar al mundo un anciano cojo (él mismo), una mujer bailarina (Lili, su esposa), una vieja gloria del cine medio enloquecida (su íntimo amigo Le Vigan) y su gato Bébert (perseguido hasta por el Tercer Reich). En el fondo, Céline no es más que un cronista más o menos célebre. Dice Cioran que los únicos hombres inofensivos sólo pueden ser los vagos, los diletantes y los estetas, porque son los únicos que no dicen nada, que de verdad se abstienen de participar en la epilepsia universal, en los choques de intereses e ideologías. El inactivo no puede hacer daño a nadie. Entonces, ¿por qué todo el mundo los persigue, sean del bando que sean?, se pregunta. Porque nadie perdona la abstención. La sociedad es intransigente con el don Nadie, y le obliga a tomar apellidos, oficio, y a asumir responsabilidades y actividad. Toda ideología necesita adeptos y enemigos para funcionar, para ser práctica y operativa. El comunismo se inventó adeptos. La Inquisición y el nazismo, enemigos. Por eso se acaba reclamando el silencio, y es placentera la nada de senectud:
"...pero tenía la impresión clarísima de que todo aquello estaba tramado, preparado, y de que yo era el payaso... ahora comprendo, si tuviese que volver a hacerlo, no lo haría, ¡todas aquellas penalidades!...¡a hacer puñetas todo!... la impresión que me darían, nazis, resistentes, amas de casa, apicultor, guarda jurado, tagarotes y lisiados, ¡a tomar por culo!... sonrisas y muecas, vencedores y vencidos, ¡la misma marmita!... lo único que necesitas al final de la vida, no volverlos a ver, no hablar ya de nada, ya lo sabes todo... derecho, revés, cabeza, ano... todo el trabajo, más de la cuenta, que te has tomado..."

Para Céline la humanidad es abyecta, no existe nadie libre de culpa. Demostrar eso, que la maldad está presente en todas partes, es el motor de su primera novela. Mostrar cómo se manifiesta el egoísmo en África, en América, en París, entre burgueses, entre soldados, obreros, borrachos, enfermeras, prostitutas, nobles, ancianos, niños. ¿Qué es la noche para Céline? La vida misma, es decir, la guerra. Llegar a su fin es un acto de sinceridad, de desnudez. Todo aquél que se despoja de sus amables vestiduras, revela lo que hay en él de inadmisible. Por lo tanto, los nazis fueron los más sinceros de todos, al mostrar a cara descubierta todo el horror que eran capaces de provocar en el mundo. Viajar al fin de la noche es no extraviarse del camino de la soledad y la maldad: no intentar nada para alejarse del abismo, no maquillar la pesadilla. El nazismo fue para Céline el fin de su propia noche, fue su estación final, definitiva.

por: Andreu Navarra Ordoño
Otro magnífico artículo sobre Céline:

martes, 2 de junio de 2009

El extraño caso de Stieg Larsson


Larsson idealizó el personaje de Blomkvist y la propia revista donde trabajaba en su trilogía narrativa Su conocimiento sobre grupos de ultraderecha era tal que fue llamado a reuniones con Scotland Yard

Los copos de nieve empiezan a estrellarse contra el parabrisas, a pesar de que estamos en pleno mes de mayo. Mientras nos adentramos en la región sueca de Nörrland, un territorio agreste, casi virgen, repasamos mentalmente los datos que tenemos acerca del escritor Stieg Larsson, cuya sombra hemos venido a seguir hasta aquí, a esa Suecia profunda donde las aldeas tienen treinta, o veinte, o dieciséis habitantes, todos mayores de 60 años, y de vez en cuando aparece un alce muerto en la cuneta.

El caso parece extraído de la ficción: Larsson (Västerbotten, 1954- Estocolmo, 2004) era un periodista idealista y comprometido, un experto en la extrema derecha sueca. Desde veinteañero decía a sus amigos que, un día, sería escritor de novela negra. Pasaron los años, y tras devorar como lector a los clásicos del género (en especial, a las damas del crimen), al cumplir 47 se dijo: "Ya está. Mi momento de escritor ha llegado".

Y, cada noche, al acabar su jornada en la revista Expo, fundada y dirigida por él, cuando llegaba a casa, se ponía a escribir Millennium, una trilogía protagonizada por dos investigadores, el periodista Mikael Blomkvist y la hacker Lisbeth Salander.

Escribió velozmente los tres libros –nueve meses cada uno, más de 1.500 páginas en total–: Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire. Los entregó a una editorial y, a los pocos días, murió de un inesperado ataque al corazón. No pudo ver cómo sus novelas –que la semana que viene llegan a España– se convertían en un fenómeno global, con ya seis millones y medio de ejemplares vendidos, gracias a su electrizante trama.

Un detalle escalofriante: en la tercera obra, uno de los personajes muere exactamente de la misma forma en que lo hizo Larsson (los amantes de las conspiraciones ya se habrán dado cuenta de que Milenio –aquí, una sola ene– es el título de la novela póstuma de Vázquez Montalbán).

Perseguimos al fantasma de Stieg Larsson por Estocolmo y por las mismas carreteras árticas que transitan sus personajes, en un Volvo conducido por su padre, el viejo sindicalista Erland Larsson, que lleva un pin con la rosa socialdemócrata en la solapa. Erland era tan pobre cuando tuvo a Stieg –"ni techo ni trabajo"– que lo envió a vivir a casa de los abuelos en el campo, donde estuvo hasta cumplir ocho años. "Allí fue feliz, y de hecho esa casa de madera roja de su infancia –que ahora le enseñaré– es la que en la novela habita Blomkvist cuando va a la isla a investigar, es todo igual". Allí, con media hora de luz en invierno y temperaturas de 40 grados bajo cero, pasó el pequeño Larsson su infancia.


La vida del viejo Erland no ha sido fácil. Cuando, hace cuatro años, falleció su hijo Stieg, "me quería morir", admite. Su esposa –la madre de Stieg– ya había muerto en 1992 de cáncer y, por si fuera poco, el año pasado la misma enfermedad se llevó a la esposa de su otro hijo, Joakim.

Erland y Joakim viven en Umeä, ciudad mediana, universitaria, rodeada de bosques, con aeropuerto, una gran fábrica de coches y varias de celulosa. "Cuando vinimos aquí –dice el señor Larsson– todo eran vacas pastando, y ahora fábricas y almacenes."

A un lado y otro de la carretera, durante el trayecto, máquinas quitanieve, serradoras, camiones cargados de troncos, y carteles con nombres tan exóticos como Tavelsjo, Bodarna, Vindeln, Ytterssön, Astrask o Kalvtrask. El conductor evoca: "Yo le decía: 'Stieg, tú tienes talento, tienes que hacer algo que dé dinero', porque siempre estaba con sus proyectos utópicos. Y, mire, lo hizo... al final".

Nos preguntamos por qué murió Stieg de un infarto, cuando anteriormente no había tenido ningún problema cardiaco. Para su padre, está claro: "El exceso de trabajo, sumado a que, en su última etapa, se alimentaba básicamente de fast food, como un personaje de su segundo libro".

En Estocolmo, al día siguiente, visitamos a Daniel Poohl, el joven periodista que ha sustituido a Larsson en la dirección de la revista cuatrimestral Expo, "un proyecto en el que los periodistas trabajan gratis, para poder contar cosas que no tienen cabida en los grandes medios". Poohl ayudó a Larsson en sus trabajos sobre los nacionaldemócratas, el partido ultra: "Sí, me infiltré en sus filas durante un par de meses", cuenta ante una taza de café en la redacción.

–¿Stieg se parecía mucho al personaje de Blomkvist?

–Tal vez en las ideas acerca del periodismo. Pero no en lo demás: Blomkvist es un héroe, guapo, rodeado siempre de mujeres. Creo que ningún hombre real es de esa forma, para ser honesto, y Stieg tampoco. Nosotros, en Expo, no tenemos medios para hacer ese tipo de periodismo de investigación sobre los delitos económicos de las grandes corporaciones, Millennium, en la novela, es mucho más grande y fuerte, la veo como una especie de revista de fantasía, donde a cualquier periodista le encantaría trabajar, no creo que en el mundo real existan ese tipo de publicaciones, tal vez alguna en Estados Unidos...

Estamos justo en el lugar en el que a Larsson se le detectó el ataque cardiaco. Poohl aclara que "aquel día, cuando llegó a la redacción, ya se encontraba mal, estuvo media hora por aquí y se lo llevó una ambulancia. Falleció poco después en el hospital". La casualidad quiso que, justamente aquel día, no funcionara el ascensor del edificio, por lo que Larsson subió siete pisos a pie, lo que, según su pareja, la arquitecta Eva Gabrielsson, "fue definitivo". Para ella, "en su último año, pasó a dormir solamente cuatro o cinco horas diarias pero si el ascensor hubiera funcionado bien, yo creo que no habría muerto."

Para Poohl, Larsson "no era un workaholic, él no consideraba trabajo el tiempo dedicado a sus libros, era su hobby, como otra gente mira la televisión o se va a pescar. Era capaz de pasarse 16 o 18 horas diarias ante su ordenador".

Lo que más le llama la atención a su sucesor al frente de la revista es que "él comentó a mucha gente que estos libros serían un éxito comercial, le dijo incluso a su mujer que iban ser su plan de pensiones. Estaba completamente seguro, no albergaba ninguna duda". En la única entrevista que Larsson concedió sobre Millennium –a la revista Svensk Bokhandel– reconocía también que el personaje de Lisbeth Salander, de 25 años, se basaba en Pippi Calzaslargas: "Me pregunté: ¿qué sería de ella hoy? ¿De qué trabajaría de adulta? ¿Cómo la calificarían? ¿Sociópata? Porque tiene una visión muy diferente de la sociedad".

Los hombres que no amaban a las mujeres, analiza Poohl, "es un típico misterio de la habitación cerrada, con un montón de gente alrededor de una habitación donde hay que descubrir quién es el asesino, con la diferencia que aquí la habitación es una isla. Pero los otros libros son completamente diferentes en estructura, cada uno explora un paradigma del género".

El auténtico misterio que ocupa estos días las páginas y los minutos de los medios de comunicación europeos es por qué la viuda de Larsson, Eva Gabrielsson, no tiene ningún derecho –ni beneficio económico– sobre la obra de su marido, a quien conoció en un mitin contra la guerra del Vietnam en 1972 y con quien convivió durante 30 años. Se lo preguntamos a ella durante un paseo por algunas calles y cafés de Estocolmo. "Es un problema de la ley sueca –explica–, que no reconoce ningún derecho a las parejas que no se han casado ni inscrito en el registro, porque se basa en el derecho germánico medieval, que privilegia la sangre por encima de todo. Todo el dinero de los libros es para su padre y su hermano, que han rehusado cederme nada. En países como España, Francia, Gran Bretaña, zonas de derecho romano, esto hubiera sido diferente, pero, aquí, mis abogados me dicen que no hay nada que hacer."

Según Gabrielsson, "no nos casamos por una sencilla razón: Stieg estaba amenazado de muerte. Teníamos que ser muy cuidadosos y precavidos, no queríamos que su nombre apareciera en ningún registro asociado a nuestro piso o teléfono, todo estaba a mi nombre. Todas las facturas eran para mí por motivos de seguridad. Hemos vivido así siempre. ¿Testamento? No hizo porque no teníamos ni un duro, solamente este piso de 56 metros cuadrados sin ascensor".

De hecho, el conocimiento que Larsson tenía sobre los grupos de ultraderecha era tan detallado que fue llamado a sesiones informativas con miembros de Scotland Yard, de la policía brasileña o de la OSCE, con el fin de que les ayudara en sus investigaciones o trabajos.

Para la viuda, la situación que vive es humillante no tanto por la enorme cantidad que deja de ingresar –más de siete millones de euros– sino porque "cuando Stieg estaba vivo, tenía una relación fría con su familia. Éramos una pareja muy distante de su padre y hermano, distantes en todos los sentidos: mentalmente, geográficamente y emocionalmente. Eran muy diferentes, ellos no tienen su compromiso político, su humanidad, su empatía, no les gusta viajar ni sumergirse en otras culturas, ni implicarse en la sociedad, sólo quieren vivir tranquilos, son gente muy sencilla".

Gabrielsson –quien, como arquitecta, ha colaborado con Ricardo Bofill en la construcción de uno de sus edificios en Estocolmo– rechaza todas las especulaciones acerca de nuevos libros inéditos de Larsson: "Quería hacer muchos más, un total de diez, y empezó un poco el cuarto sólo como diversión, no tuvo tiempo de ponerse en serio. Lo que sí es verdad es que su intención era dedicar los beneficios de los nuevos libros a causas como la lucha contra la violencia sobre las mujeres o la propia revista Expo. A mí me decía siempre que 'el dinero de los tres primeros libros es para nosotros". Pero no ha podido ser así".

Larsson introdujo en sus novelas algunos de los temas sociales que más le preocupaban, como la violencia contra las mujeres. Gabrielsson revela que "este era, para él, un compromiso muy firme, porque una vez, de joven, durante un fin de semana con compañeros, presenció una violación y se culpaba de no haberla podido evitar, tenía esa espina clavada, y dedicó mucho tiempo a consolar y ayudar a víctimas".

http://www.serielarsson.com/

martes, 31 de marzo de 2009

Salinger: Guardián y cazador

En esta fotografía realizada por Paul Adam, Salinger es sorprendido tras realizar algunas compras. El hecho de que su carácter sea tan huidizo a la luz de la prensa, provoca que sea un objetivo buscado. El genio del escritor no solo se centra en su habilidad narrativa, también esconde todo un rotundo carácter. Esta imagen es una de las pocas fotografías recientes que se tienen de él.

J. D. Salinger llega a los 90 con más de cuatro décadas de silencio literario

J. D. Salinger, uno de los escritores más influyentes de Estados Unidos, cumple 90 años sumido en la reclusión que eligió desde el comienzo de su carrera, y sin publicar un trabajo desde hace cuatro décadas. "Me gusta escribir. Amo escribir", dijo Salinger en 1974 en una de sus raras entrevistas con The New York Times. "Pero escribo sólo para mí mismo, y para mi placer".

Este desdén por la publicidad y la empecinada defensa de su vida privada, tan alejada del culto a la exhibición y la fama de la cultura actual, han rodeado a Salinger de un "misterio" que los medios han retratado en artículos ocasionales. Salinger tenía ya 32 años cuando debutó en 1951 con The Catcher in the Rye (El guardián entre el centeno), una historia de un adolescente rebelde y sus experiencias quijotescas en Nueva York, que encumbró al escritor a lo más alto de la escena literaria.

Su descripción de la alienación del protagonista, Holden Caufield, y la pérdida de inocencia de los adolescentes y su paso a la vida adulta, ha probado su perdurabilidad: aún ahora se venden cada año unos 250.000 ejemplares. La primera edición de la novela, que fue controvertida por la libertad con la que describía la sexualidad y la rebeldía adolesente, puede encontrarse en eBay a precios que superan los 1.300 dólares.

Salinger no ha publicado otro trabajo literario con su firma desde la novela Hapworth 16, 1924, que apareció en The New Yorker en junio de 1965. Y no ha concedido entrevistas desde 1980. El autor, hijo de un judío próspero importador de quesos kosher y de una escocesa-irlandesa convertida al judaísmo, creció en un apartamento de Park Avenue, en Manhattan, estudió durante tres años en la Academia Militar de Valley Forge y en 1939, poco antes de que lo enviara el Ejército a la guerra, tomó una clase sobre cuentos cortos en la Universidad de Columbia.

Divorcios y reclusión
Como soldado de infantería, Salinger participó en el desembarco aliado en Normandía, en 1944, y durante sus primeros meses en Europa se las arregló para escribir cuentos. De sus mayores, Salinger consideraba a Ernest Hemingway, a quien conoció en París, y a John Steinbeck como escritores de segunda categoría, pero expresó su admiración por Herman Melville. En 1945, Salinger se casó con una médico francesa de nombre Sylvia, de la cual se divorció. En 1955 se casó con Claire Douglas, unión que concluyó también en divorcio en 1967, cuando se acentuó la reclusión del escritor en su mundo privado y su interés en el budismo zen.

Las primeras historias cortas de Salinger se publicaron en revistas como Story, Saturday Evening Post, Esquire y The New Yorker en la década de 1940, y la primera novela The Catcher in the Rye se convirtió de inmediato en la selección del Club del Libro del Mes y le atrajo enorme elogio internacional. La fama envió a Salinger a la evasión de la atención pública, su reticencia a las entrevistas y su rechazo del escrutinio de su vida privada que se han mantenido hasta ahora.

Disputas sobre la biografía
En 1953 publicó una colección de cuentos cortos Nine Stories; en 1961 otra novela Franny and Zooey, y en 1963 una colección de novelas cortas Raise High the Roof Bean, Carpenters and Seymour: An introduction. Durante la década de 1980, el escritor estuvo envuelto en una prolongada batalla legal con el escritor Ian Hamilton quien, para la publicación de una biografía, usó abundante material epistolar de Salinger.

Una década después, la atención mediática que tanto rehuía volvió a posarse en el autor, debido a la publicación de dos libros de memorias escritos por dos personas allegadas a él: su ex amante Joyce Maynard y su hija Margaret Salinger.

Biografía
Jerome David Salinger (Nueva York, 1919), escritor
estadounidense conocido principalmente por su novela El
guardián entre el centeno (The Catcher in the Rye),
que se convirtió en un clásico de la literatura moderna
estadounidense casi desde el mismo momento de su
publicación, producida en 1951. Las mentes ágiles y
poderosas de hombres perturbados y la capacidad redentora que los niños
tienen en las vidas de éstos es tema principal en las obras de Salinger.


Nació en Nueva York y comenzó su trayectoria literaria escribiendo relatos
para revistas de esa ciudad. Entre sus primeros trabajos destacan
especialmente Un día perfecto para el pez banana. Además, publicó dos
capítulos de lo que posteriormente sería El guardián entre el centeno
antes de verse obligado a abandonar los Estados Unidos para ir a la
Segunda Guerra Mundial: I'm Crazy y Slight Rebellion Off Madison.


Su trabajo se vio interrumpido por este conflicto, en el que pudo ser testigo
del combate en algunas de las batallas más violentas. Estos hechos le
dejaron una profunda huella emocional; posteriormente recurrió a sus
experiencias de los tiempos de guerra para algunos de sus relatos,
especialmente el ya mencionado Un día perfecto para el pez banana,
sobre un ex soldado suicida, y también Para Esmé, con amor y sordidez,
narrado por un soldado traumatizado.


El guardián entre el centeno, su primera novela corta, fue publicada en
1951 y se hizo muy popular entre los críticos y jóvenes. La historia está
narrada en primera persona por Holden Caulfield, un adolescente rebelde e
inmaduro, pero de gran perspicacia.


Posteriormente Salinger publicó las colecciones de relatos Nueve cuentos
en 1953 (donde se incluyen los dos aludidos); Franny y Zooey, en 1961; y
Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una
introducción, publicados juntos en 1963, estos últimos protagonizados por
la disfuncional familia Glass.


Después de haber obtenido la fama y la notoriedad con El guardián entre
el centeno, Salinger se convirtió en un eremita, apartándose del mundo
exterior y protegiendo al máximo su privacidad. Se mudó de Nueva York a
Cornish, New Hampshire, donde continuó escribiendo historias que nunca
publicó.


Salinger ha intentado por todos los medios escapar de la exposición al
público y de la atención del mismo ("Los sentimientos de anonimato y
oscuridad de un escritor constituyen la segunda propiedad más valiosa que
le es concedida", declaró él mismo).


Pero sin embargo se ve obligado a luchar continuamente contra toda la
atención no deseada que recibe, como figura de culto que es. Cuando supo
de la intención del escritor británico Iam Hamilton de publicar J. D.
Salinger: A writing life, una biografía que incluía cartas que Salinger había
escrito a amigos y a otros escritores, Salinger interpuso una demanda para
detener la publicación del libro. El libro apareció finalmente con los
contenidos de las cartas parafraseados. El juez determinó que aunque es
posible que una persona sea el propietario de una carta físicamente, lo que
está escrito en ella pertenece al autor.


Uno de los resultados no intencionados de este juicio fue que muchos de los
detalles de la vida privada de Salinger, incluyendo el hecho de haber escrito
dos novelas y muchos relatos que no habían sido publicados, salieron a la
luz pública a través de las transcripciones del juzgado.


Salinger aparece como personaje en la novela Shoeless Joe de
W. P. Kinsella, en la que se inspiró la película Field of dreams.
En la película el personaje tiene el nombre cambiado y es
convertido en ficción. Ha estudiado a lo largo de toda su vida
el Hinduismo Advaita Vedanta. Este hecho ha sido descrito
extensamente por Sam P. Ranchean en su libro An adventure
in Vedanta: J. D. Salinger's the Glass Family (1990).


En 2000, su hija, Margaret Salinger, publicó El guardián de los sueños. En
su libro de “confesiones”, la señorita Salinger afirma que su padre se bebía
su propia orina, sufría glosolalia, rara vez tenía relaciones sexuales con su
madre, la tenía como una “prisionera virtual” y se negaba a permitirle ver a
sus parientes y amigos.


En 2002, se publicaron más de ochenta cartas a Salinger escritas por
escritores, críticos y admiradores, bajo el título: Letters to J. D. Salinger.


La película Descubriendo a Forrester, protagonizada por Sean Connery está
basada en Salinger. Además, ha sido notable la influencia ejercida en
escritores como Lemony Snicket y su Una Serie de Catastróficas Desdichas,
habiendo numerosas alusiones a él en los libros.


Salinger ha influido sobre una generación entera de escritores, entre los que
se cuentan señaladamente John Updike, Harold Brodkey y Philip Roth.

El guardián entre el centeno (1951)

El guardián entre el centeno (The Catcher in the Rye),
también traducido como El cazador oculto, se publicó en Estados
Unidos en 1951, provocando numerosas controversias por su
lenguaje provocador y por retratar sin tapujos la sexualidad y la
ansiedad adolescentes. Es considerado por numerosos expertos
como uno de los libros más importantes del siglo veinte.



Su protagonista, Holden Caulfield, se ha convertido en un icono del
resentimiento adolescente. Escrito en primera persona, El guardián entre el
centeno relata las experiencias de Holden en la ciudad de Nueva York,
después de ser expulsado de Pencey Prep, su escuela secundaria.


El título del libro hace referencia a un poema que se explica en el libro, que
trata sobre un “guardián entre el centeno” que evita que “los niños caigan
en el precipicio”.


Nueve cuentos (1953)
Nueve cuentos es una colección de relatos cortos del escritor
estadounidense J. D. Salinger. El libro incluye dos de los relatos
más famosos del autor, Para Esmé, con amor y sordidez y Un
día perfecto para el pez banana, protagonizado este último por
Seymour Glass, el mayor de los hermanos Glass.


Franny y Zooey (1961)
A raíz del éxito de su primera y única novela "El guardian entre
el centeno", publicada en 1951, J.D. Salinger, tímido y reservado
en extremo, decidió aislarse del mundo en su residencia de
Cornish, New Hampshire. En 1961 publicó "Franny and Zooey",
unión de dos relatos breves donde aparecen sus habituales
personajes adolescentes, hipersensibles y con tendencias
artísticas, en rebeldía contra el corrupto universo adulto. Usando
el diálogo Salinger consiguió un retrato de caracteres
inolvidable.


Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una
introducción (1963)
Este volumen recoge dos novelas o breves o relatos extensos de
que se cuentan entre los más brillantes y acabados de Salinger:
'Levantad, carpinteros, la viga del tejado' y 'Seymour, una
introducción'. En ambos aparece la figura fascinante de Seymour,
(un joven y prometedor poeta que se suicidó a los treinta y un
años), en un caso en el día de su boda, y en el otro como motivo
de los complejos sentimientos que despierta entre sus allegados. El primero
de los relatos se presenta como una extensa conversación que hace que el
tiempo de la acción y el tiempo que emplea el lector en conocerla coincidan
perfectamente, mientras que el segundo se presenta como poco menos ue
un pseudodiario del hermano del protagonista. La audacia narrativa de
Salinger le ha valido el reconocimiento de la crítica más exigente, y la
profundidad de sus argumentos en uno de los escritores vivos de más sólido
éxito.


EL GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO
SINOPSIS
Holden Caulfield es un adolescente con una visión particular del mundo.
Siente un extraño resentimiento por todo ser humano, los considera
hipócritas, a veces sin razón aparente, hasta tal punto de deprimirse
constantemente al notar la hipocresía que le rodea. A pesar de tener un
vocabulario limitado, Holden llega a ser muy ingenioso a veces, y posee un
humor sarcástico. Las primeras líneas del libro dejan en claro su forma
directa de ser y hablar.


Holden tiene tres hermanos. Uno de ellos, Allie, murió de leucemia cuando
Holden tenía 13 años. Los dos estaban muy unidos, y su muerte marcó
emocional y físicamente a Holden, ya que la noche en que Allie murió,
Holden en un arrebato de furia rompió todas las ventanas del garaje de su
casa a puñetazos. Su hermano mayor, D.B., se convirtió en guionista de
Hollywood al no poder triunfar como escritor. A Holden, que rápidamente
expresa su odio por el cine, no le gusta que su hermano trabaje en
Hollywood, a pesar de que disfruta leyendo sus cuentos y novelas.

Phoebe, a pesar de ser la hermana menor de Holden, es mucho más
madura que él, y suele reprenderlo por su inmadurez y actitud infantil.
Holden adora a Phoebe hasta el punto de llegar a ser sobreprotector, ya que
Phoebe representa la inocencia para él.


La novela comienza con Holden narrando, desde lo que
parece ser un hospital, su expulsión de la escuela
preuniversitaria Pencey y su periplo por la ciudad de Nueva
York, donde eventualmente llega a un punto donde no
puede más y decide internarse para poder descansar de
tanta "hipocresía".


CONTROVERSIA
Las razones principales por las que este libro fue criticado eran
principalmente su lenguaje ofensivo y sus referencias a las drogas, alcohol y
prostitución. Los críticos ven a Holden como un instigador de masas.

Treinta años después de su publicación en 1951, El guardián entre el
centeno era tanto el libro más prohibido, como el segundo más estudiado
como lectura obligatoria en los institutos estadounidenses. En la década de
1990 fue el nº 13 en la lista de libros más leídos en su país según la
Asociación de Bibliotecas Americanas y en el año 2005 se mantuvo entre los
diez primeros.


VALOR COMO OBRA DE LA LITERATURA UNIVERSAL
La razón por la cual esta obra sigue vigente es que logra
introducirnos en el mundo de una vida solitaria y extrema, la
aventura de Holden Caulfield. Nos muestra una visión de la
realidad de una persona que ha perdido la confianza y el
agrado por las personas que le rodean y la sociedad en general.
Hay velada ahí una crítica a la sociedad. La obra no es obscena,
simplemente es fuerte por su contenido de crítica social. Por lo
demás está decir que no existen en la novela referencias hacia
el asesinato o la disolución social. Es más: conviene no olvidar que el
protagonista no es un desarraigado absoluto: el cariño hacia su hermana
permanece y le hace incluso cambiar de conducta. De hecho, Holden es la
figura de alguien desengañado por la vida, la cual acaba de conocer como
adulto en forma de múltiples decepciones, pues se han corrompido aquellas
cosas que más amaba (sus hermanos, su profesor, el disco,etc.). Sin
embargo, es su hermana pequeña aquéllo por lo que aún merece la pena
vivir, ya que todo le falla menos ella.


ALGUNOS DATOS EXTRA…
La obra ha influenciado incluso la música actual. El cantante, guitarrista y
compositor Billie Joe Armstrong, de la banda norteamericana Green Day,
escribió la cancion "Who Wrote Holden Caulfield?" para su álbum Kerplunk!
(1992) basándose en su percepción sobre el protagonista, Holden Caulfield.
Armstrong explicó así su obra: "Es una canción sobre olvidar lo que vas a
decir. Sobre intentar motivarte a hacer algo porque tus mayores te dicen
'tienes que motivarte'. Entonces te frustras y piensas que deberías hacer
algo pero terminas haciendo nada. Pero luego lo disfrutas".


Extracto de la canción:
"Una idea irrumpe en mi cabeza y necesito contártela, son cosas nuevas
que pienso —¿fue sólo un sueño, que ocurrió hace mucho?— creo que se
me acaba de olvidar bueno, no ha sido la primera vez y me vuelve
realmente loco


Hay un chico que se confunde en su mundo y ahora se está volviendo
holgazán, no tiene motivación y la frustración lo vuelve loco. Él hace un
plan para tomar una postura pero siempre termina sentado, alguien que lo
ayude o terminará rindiéndose


Revuelvo por mi mente para ver si puedo encontrar las palabras que
abandoné -¿fue solo un sueño que ocurrió hace mucho?- oh bueno...
Olvídalo"


Como se puede observar, el narrador intenta recordar qué iba a decir, pero
se da cuenta que no puede recordarlo. Su mente es floja y no puede
motivarse y se pone más y más ocioso y frustrado. Quiere hacer algo
grande y significativo, "tener una postura", pero no tiene suficiente voluntad
ni fuerza para hacerlo, y por eso termina hasta olvidando lo que quería
hacer. Como mencionó el autor, la razón de la frustración quizás sea el
hecho obligatorio de hacer lo que los padres dicen: primero, no tienes
motivación para hacer lo que quieren que hagas y quieres rebelarte, pero
después te das cuenta de que no tienes motivación ni para rebelarte y sólo
"terminas rindiéndote". Como resultado, no haces nada y te desahogas en
tu propia apatía.


PARA SABER MÁS SOBRE EL AUTOR
http://paginaspersonales.deusto.es/abaitua/ikasle/lnntt_03/a_sainz/J_D_Salinger.html

http://antoncastro.blogia.com/2005/082105-j.-d.-salinger-o-el-escritorinvisible.php


Su vida, estilo y obras:
http://paginaspersonales.deusto.es/abaitua/_outside/ikasle/lnntt_03/a_sainz/J_D_Salinger.html


Leer El guardián... en línea:
http://www.scribd.com/doc/11133282/El-GuardiAn-Entre-El-Centeno-Por-jd-Salinger

J. D. Salinger: Emperador del olvido:
http://www.homines.com/palabras/j_d_salinger/index.htm

Memorias de un escritor invisible:
http://www.actuallynotes.com/J-D-Salinger-Memorias-de-un-Escritor-Invisible.htm

Textos que circulan en la red:
http://libroslibresmusicalibre.blogspot.com/2008/07/todo-jd-salinger-digital.html

martes, 24 de febrero de 2009

Julio Cortázar: Traductor

Tomo la primera edición del legendario libro. Tiene 165 páginas. Se terminó de imprimir el 30 de marzo de 1951. En las solapa un nota firmada por D.D. (Daniel Devoto, supongo). Y en la otra solapa la lista de publicaciones de la Editorial Sudamericana: Santayana, Mallea, Lin Yu Tang, Leopoldo Marechal, Felisberto Hernández y Manuel Mujica Lainez. Lo repaso, al azar, y me quedo atra-pado en el segundo cuento. El personaje es un traductor que se atrasa en sus tareas y demora en entregar un libro de Gide (p. 30). ¿La causa?

Vomita cada cierto tiempo conejitos que debe esconder, pues disfruta temporalmente de un apartamento en la calle Suipacha que le ha prestado una amiga que está en París. A ella le escribe una larga carta, "Carta a una señorita en París", preocupado porque vomita más cone- jitos de los debidos –ya supera la cifra manejable de diez– y comprueba cómo estos comienzan a destrozar el apartamento. A roer los lomos de los libros y morder alfombras, muebles y cortinas. Al final presagia la muerte de los once conejitos contra el piso de la calle. Muertes que pasarán inadvertidas pues la gente se preocupará de otro cuerpo, el suyo, estrellado también desde el tercer piso.


El traductor imaginario se suicidará quizás pero el libro de André Gide: El inmoralista, saldrá publicado por la Editorial Argos de Buenos Aires el 7 de noviembre de 1947 con solapa de Guillermo de Torre, el cuñado de Borges que rechazó La hojarasca de Gabriel García Márquez cuando estaba en Losada.


La colección de Argos la dirigen, entre otros, José Luis Romero, el conocido medievalista e historiador de la ciudad latinoamericana, y Jorge Romero Brest, el polémico crítico de arte, fundador del Instituto di Tella en la calle Florida. El libro tiene 172 páginas y su traductor es el mismo autor del libro de cuentos: Julio Cortázar.


(Curiosidad: en la solapa posterior del libro de Gide se anuncia un libro de Henri Troyat: La araña, que nos remite una vez más al libro de cuentos, Bestiario, y a la misma página 30: allí se habla además de "un Troyat que no he traducido".)


La vinculación de Cortázar con Argos ya había dado fruto el 30 de septiembre de 1946: la traducción de las 210 páginas del Nacimiento de la Odisea del también francés Jean Giono. Esta traducción le depararía una sorpresa y una alegría. Al recordar en 1980 a Ezequiel Martínez Estrada la contó así:


Precisamente una librería y una traducción me pusieron por primera vez en contacto con don Ezequiel. Mi amigo Jorge D’Urbano, enton-ces gerente de la librería Viau, nos reunió en un café venciendo mi casi patológica resistencia a conocer escritores. Martínez Estrada acababa de leer mi traducción de Nacimiento de la Odisea, y quería decirme personalmente que le había gustado. Cuando se me pasó la primera emoción pude darme mejor cuenta de la cálida humani-dad que subyacía en la tremenda inteligencia y la vastísima cultura de ese hombre que se molestaba en felicitar expresamente a un joven traductor desconocido.
Y añade luego:


En las raras ocasiones en que lo encontré solo o en casa de algún amigo, el tema de la traducción llenó lo mejor de nuestro diálogo, porque a Martínez Estrada le fascinaban los problemas de ese extraño oficio fronterizo lleno al mismo tiempo de ambigüedades y de rigor. Yo aprovechaba para consultarle sobre dificultades momentáneas (en esos años estaba traduciendo a Gide, Chesterton, Walter de la Mare y Daniel Defoe, entre otros), y él no solamente se complacía en darme las mejores soluciones sino que cada una era un punto de partida para esos admirables buceos y sondeos que llenan lo mejor de sus obras y que en la conversación nacían sin esfuerzo, uno tras otro.


El hombre que se recibió de traductor público en julio de 1948, según le contó en una carta a Sergio Sergi, no solo se ganó el pan y el vino durante la mayor parte de su vida al trabajar para entidades como la Unesco (a la cual prefería, obvio, llamar Ionesco) o la Comisión de Energía Atómica en Viena que le daban libertad y recursos y le con-cedían, desde París, viajes a Montevideo, Viena, Roma o la India, donde compartió con Octavio Paz, según las variadas sedes de las diversas conferencias internacionales. También, como anotaba con humor, le concedía, papel, máquina y tiempo para redactar una escena de cronopios o un capítulo de Rayuela, tantas veces reescrita. Pero la otra vertiente de su trabajo como traductor –traductor literario– es también vasta y copiosa e incidió, sin lugar a dudas, en su trabajo como creador y ensa-yista. La sola enumeración es ya de por sí ilustrativa:


Daniel Defoe: Robinson Crusoe. Buenos Aires, Viau. Reeditado en dos volúmenes por Lumen de Barcelona en 1975 con el título de Vida y extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe escritas por él mismo.


Walter de la Mare: Memorias de una enana. Buenos Aires, Nova, 1946. 454 páginas.


G.K. Chesterton: El hombre que sabía demasiado. Buenos Aires, Nova.


Alfred Stern: La filosofía existencial de Jean-Paul Sartre. Buenos Aires, Imán (editorial fundada entre otros por el filósofo italiano Rodolfo Mondolfo, autor de libros sobre los presocráticos y sobre Sócrates mismo).


Alfred Stern: Filosofía de la risa y el llanto. Buenos Aires, Imán.


André Gide: Así sea o la suerte está echada. Buenos Aires, Sudame-ricana, 1953.


Lord Houghton: Vida y cartas de John Keats. Buenos Aires, Imán, 1955. 313 páginas.


Edgar Allan Poe: Obras en prosa. 2 vols. Universidad de Puerto Rico. 1956. 2ª edición: 1969. Incluye biografía de Poe, estudio crítico y notas de Cortázar.


Marguerite Yourcenar: Memorias de Adriano. Buenos Aires, Sudame-ricana, 1955. 249 páginas. Colección Horizonte.


Si a esto añadimos los dos mencionados libros de Giono (1946) y Gide (1947) y la versión, aún no publicada, de Opio de Jean Cocteau, ten-dremos un vasto universo de versiones a partir del inglés y el francés. A lo cual resulta imprescindible añadir las hermosas recreaciones de la poesía de John Keats, iniciadas en 1946 con su trabajo sobre la "Oda a una urna griega" y ampliadas en ese formidable arte de diálogo dentro de la poesía que es su Imagen de John Keats (1952) que solo vería la luz en 1996. Biogra-fía, coloquio, autobiografía, crítica y ficción, extrapolación, homenaje y rastreo erudito. Ningún libro más entrañable que este Keats en la apropia-ción libérrima y gratificante con que Cortázar entendía su diálogo vivo con la literatura. Con ese "doble traidor" que era él mismo como traductor.


Así se definió a sí mismo en 1967, en "Tombeau de Mallarmé":
De los traidores refugiados consuetudinariamente en el oficio de la traducción, muchos de los que traducen poesía se me antojan avatares de ese Judas sofisticado que traiciona por inocencia y por amor, que abraza a su víctima entre olivos y antorchas, bajo signos de inmortalidad y de pasaje. Todos los recursos son buenos cuando en el fondo de la retorta alquímica brillará el oro del que habla Píndaro en la primera Olímpica; por eso se sabe de Judas alquimistas que no vacilan en esconder un grano de oro en el plomo, simular transmutación para el príncipe codicioso, mientras siguen buscándola y acaso hallándola.


Por ello, y al referirse al poema de Mallarmé que traduce, insiste en la arbitrariedad fecunda, en el ser fiel siendo infiel: "Sólo la forma más extrema de la paráfrasis podía rescatar en español el misterio de una poesía impenetrable a toda versión (verifíquenlo los escépticos)". Tal la inapreciable lección del Cortázar traductor.


II
Pero ese acto de verter lo ajeno en odres propios –el español también implica en quien lo hace un enriquecimiento, y una aprehen- sión de nuevos valores, que sacude sus esquemas. El Gide que descubre en África su condición homosexual y se esfuerza por una sinceridad sin resquicios bien podía transmitirle a Cortázar el duro aprendizaje de una libertad que se conquista cada día, en la moral y en la política, en la sexualidad y en el arte.


Sí, despiertos desde ahora, mis sentidos encontraban su propia historia, recomponían un pasado. ¡Vivían! ¡Vivían! No habían cesado nunca de vivir, y descubrían aun a través de mis años de estudio una vida latente y astuta (p. 45).


El Cortázar intelectual, europeizante y erudito desde los preso-cráticos y los trágicos griegos hasta Lovecraft y la ciencia ficción, y tan irónico sobre esa situación como lo patentiza en su cuento "Silvia", se abriría poco a poco también hacia una exploración existencialista-sensorial de un cuento como "El perseguidor" y pediría, ante una litera-tura tan atildada y fría como mucha de la latinoamericana de entonces, un descenso a tierra. Una impregnación de lo no dicho y oculto. Un tantear por nuevos caminos que rompan el esquematismo binario judeo-cristiano. Personajes como el Johnny de "El perseguidor" o el Oliveira de Rayuela tienen una torpeza y unas limitaciones que hacen más inten- sa su aventura metafísica y más irrisorias las coordenadas interpretativas de quienes los miran vivir sin ser capaces de seguirlos en sus riesgos y caídas.


Por ello la sangre y los esputos negros de esa joven pareja de tuberculosos, en la novela de Gide, bien pudieran darle a Cortázar, den- tro de la diáfana estructura de confesión de esta obra, ante el grupo de amigos, una vía de acceso al otro lado de las cosas. Lo reprimido, turbio y confuso de ese deseo que se hace por fin visible y de esas situaciones límites que ponen todo en cuestión, incluso en un racionalista carte- siano tan claro como Gide.

De otra parte el Gide que con tanta frecuencia cita Cortázar sobre la necesidad de no apoyarse en el impulso adquirido, de cortar y pasar a otra escena, de suspender lo consabido e internarse por inexploradas vías, determinaría mucho de su técnica de corte y montaje, de suspenso y asomo a otras perspectivas. De novela que reflexiona sobre sí misma, y se pone en duda, lo cual es tan evidente en Los monederos falsos (1925) como lo será en el Morelli de Rayuela (1963). Decía Gide en esa novela, donde un capítulo se titulaba por cierto: "El autor juzga a los personajes":
No es nunca durante mucho tiempo el mismo. No le atrae nada; pero nada es tan atractivo como su fuga. Le conoce usted desde hace demasiado poco tiempo para juzgarlo. Su ser se deshace y se rehace sin cesar. Cree uno asirle... y es Proteo. Toma la forma de lo que ama (Barcelona, Seix Barral, 1970, p. 206).


Como lo refrendaría luego en su teoría del camaleón, Cortázar encontraría en Gide y Cocteau esa disponibilidad hacia lo imprevisto. Ese afán de recorrer un París no consignado en las guías turísticas. Ese girasol en movimiento hacia nuevos soles y lunas desconocidas. Ser lo que se ama.


Los múltiples narradores de la obra de Gide, con sus diarios que se cruzan y se leen unos a otros, bien podrían proyectarse en los monó-logos abarcadores de Persio sobrevolando Los premios o en ese entramado de cruzadas lecturas que sustenta Rayuela. No la progresión lineal sino el collage de una caja donde uno escoge el capítulo que le atrae, o este señala a su receptor, en un abanico de posibilidades que bien puede llevar al circo, la patafísica, el manicomio y el hospital o el kibbutz inagotable del deseo. Como sucede, por cierto, con el traductor, al interrogarse por la mejor opción en lo literal estricto o en la feliz arbitrariedad que demanda la música del conjunto.


Pero al mismo tiempo esos planteamientos de una obra abierta también tenían en Gide un anverso: esa necesidad, explícita en su teatro, como en el monólogo dramático de Cortázar que es Los reyes, de poner a circular, con renovada sangre y perspectiva propia, todo el repertorio de la tradición clásica. De narrar de nuevo las míticas fábulas del origen, tan perceptibles en tantos de los poemas de Cortázar donde habla de Dafne y Menelao, los Dióscuros y Adriano, y en varios de sus cuentos.


Ese repertorio inexhausto que como bien lo mostró George Steiner en su libro sobre las Antígonas (1984) impulsó a tantos escritores próximos al mundo de Cortázar, trátese de Gide como de Sartre (su mujer, Aurora Bernárdez, tradujo La náusea, que Cortázar reseña en 1948), trátese de Cocteau como de Anouhil, hacer suyo un formidable arsenal mítico que se enciende e ilumina no solo ante lo dramático de una nueva realidad –los nazis al entrar en París– sino gracias también a un creador que los necesita para sí mismo. Para los fines, aún no claros del todo, de la propia obra en que se halla sumergido.


Por ello, al continuar con el personaje de Gide en El inmoralista, quien se obstina en lo peor, y disfruta los turbios placeres del cazador furtivo, en pos de esos rapaces niños africanos, que muy pronto serán apenas obesos funcionarios aburguesados, vemos cómo este se detiene ante las ruinas de Pesto y suelta su queja:


¡Ah, hubiese llorado ante estas piedras! La antigua belleza aparecía simple, perfecta, sonriente... abandonada. El arte se va de mí, lo sé. ¿Para hacer lugar a qué otra cosa? Ya no es más, como antes, una sonriente armonía... Ya no sé más a qué tenebroso dios sirvo. ¡Oh Dios nuevo, hazme conocer todavía razas nuevas, tipos imprevistos de hermosura! (p. 166).


Un pedido que bien podía prolongar la súplica de Rimbaud, mo- tivo del primer artículo de Cortázar en 1941, en pos de tierras incógnitas y razas rojas más fuertes. Ya no eran válidas ni la filología, como en el personaje de Gide, ni ese esteticismo cultural que también Cortázar repu-diaría, en un momento dado, sin prescindir nunca de él. Sabía muy bien las tortuosas y fascinantes aventuras que el orden clásico podía deparar aún, y las irresistibles y a la vez letales promesas que todavía los dioses nos ofrecen, no solo en los bosques sino en cualquier cruce de esquinas de nuestras desencantadas ciudades. Todo ello habrá de revivirlo Cortázar con la voz de Jean Giono al volver a reescribir y traducir la Odisea:

¿Es que no hay ninfas heladas en el agua de las fuentes? Él mismo había tocado a una con los labios, cierta vez que bebía del agua verde (p. 30).
Fin y principio: el último cuento de Julio Cortázar incluido en sus Cuentos completos lleva el título de "Diario para un cuento". Ha sido tomado de Deshoras (1983) y rinde homenaje a otro célebre cuentista y notable traductor: Adolfo Bioy Casares. El personaje: un traductor de registros de nacimiento y patentes técnicas, pero también de cartas de amor de marinos por prostitutas y viceversa. Concluyamos, por ahora, escuchando sus palabras. De Bestiario a Deshoras no toda la vida traduciendo sino la vida bien traducida al idioma Cortázar.


Esos tiempos: el peronismo ensordeciéndome a puro altoparlante en el centro, el gallego portero llegando a mi oficina con una foto de Evita y pidiéndome de manera nada amable que tuviera la amabilidad de fijarla en la pared (traía las cuatro chinches para que no hubiera pretextos)... En mis ratos libres yo traducía Vida y cartas de John Keats, de Lord Houghton (vol. 2, p. 494).


P.D. Cuando comenté con Aurora Bernárdez, la primera mujer de Cortázar e inolvidable traductora tanto de los cuentos de Faulkner como de Justine de Lawrence Durrell, algunos de estos avatares del Cortázar traductor, añadió que este había participado en el celebérrimo colectivo que revisó en Buenos aires la traducción del Ferdydurke de Gombrowicz, de 1947, publicada por Argos, sin haber logrado determi- nar nunca qué capítulo concreto había sido el que Cortázar supervisó. Delicioso enigma que consigno con gratitud.

Juan Gustavo Cobo Borda
Guadalajara, febrero del 2004
Las siguientes páginas son dignas de ser visitadas:

martes, 17 de febrero de 2009

Stefan Zweig, en un café vienés

El Café Central, situado en la planta baja del palacio Ferstel, en la Herrengasse, es uno de los establecimientos más célebres de Viena. En el interior del café dominan la visión columnas pálidas, de retama mustia, que rodean al piano; al fondo, se aprecian dos retratos de los emperadores que llenaron la vida de la ciudad antes de la gran guerra. Es un recuerdo indulgente de la gloria y la miseria de la Viena imperial, donde había reinado durante medio siglo el emperador Franz Joseph, o Francisco José, un hombre inclinado a las tareas burocráticas, y de quien se afirmaba que el único libro que había leido en su vida era el que recogía la Lista de oficiales del ejército. Pero cada época es recordada de forma diferente por sus protagonistas: en los días amargos del exilio, cuando Stefan Zweig era un apátrida que había huido del nazismo, rememoraba la plácida Viena burguesa, llena de vida en sus calles y en sus teatros, repleta de tertulias en los cafés donde se discutían con pasión las noticias de los diarios y las nuevas ideas, aunque la ciudad tenía también otros escenarios, más sórdidos, llenos de pobreza. A este Café Central venía Zweig.

Todo el café tiene ese tono amarillento, como si el humo del tabaco se hubiera enganchado para siempre en sus paredes. Lámparas de grandes brazos y seis copas de luz rompen la oscuridad de las tardes tranquilas de invierno. Los sofás son circulares, tapizados en rojo. Cuando se entra en el establecimiento, a la derecha, se encuentra en los asientos del rincón número cuatro a Robert Musil, o, al menos, su fotografía y su memoria. Al fondo, se recuerda a Franz Werfel, justo al lado de la mesa donde se sentaba Hugo von Hofmannsthal, el poeta que fascinó a los jóvenes de la generación de Zweig. En el centro del café, bajo los retratos de los emperadores (ese Franz Joseph I, que nació en 1830 y reinó hasta su muerte en 1916, y la singular Sissi, que entretenía sus ocios escribiendo poemas espiritistas), reinaba Karl Kraus, dominando todo el espacio y la puerta de entrada, para ver a quienes llegaban. Los cuadros del Café Central que recuerdan al emperador y la emperatriz son copias, reducidas, de los originales del Hofburg que fueron pintados en 1865 por Franz Xaver Winterhalter, un retratista alemán de moda en el siglo XIX.

Desde la entrada, hacia la izquierda, se ven los lugares donde se sentaban Adolf Loos, Leo Perutz, y un escritor olvidado, oportunista y miserable, llamado Franz Carl Heimito Ritter von Doderer, que llegó a ingresar en el partido nazi para promocionar su obra entre los alemanes. Sin embargo, no se indica donde se sentaba Stefan Zweig: tal vez los propietarios no consideren relevante su nombre, ni su obra. Tampoco aparece ninguna referencia a Trotski, que también frecuentó el establecimiento, y que, según Claudio Magris, se pasaba todo el día en el café. Los cafés vieneses, con su servicio gratuito de prensa diaria, austriaca y de otros países europeos, eran para Zweig una institución única en el mundo: ¡proporcionaban a los clientes hasta revistas literarias y artísticas! Allí charlaba Zweig con sus amigos, discutía con Rilke, con Hofmannsthal, con Wassermann. Otros, como Robert Musil, Franz Werfel, Milena Jesenská, Hermann Broch y Joseph Roth, frecuentaban también el Herrenhof, y aún Freud, Klimt, Kokoschka, Otto Wagner, pasaban largas horas en el Café Museum.

Puesto que no encontré a nuestro escritor en el Café Central, fui después hasta el número 14 de Schotteuring, para ver una placa. En ella, se indica que en ese edificio vino al mundo Stefan Zweig, el 28 de noviembre de 1881. El edificio es anodino, de color ocre claro, con cuatro plantas. En sus años de estudiante, Zweig vivió también en el número 4 de Frankeuberggasse. Era hijo de un rico empresario textil, judío, poseedor de una rigurosa ética burguesa, hasta el punto de que guardaba las distancias ante la alta aristocracia imperial, sabiéndose inferior en rango social, por mucho que coincidiesen en los mismos cafés. Pese a ser miembro de una familia judía, originaria de Moravia, Zweig no fue educado en la religión hebrea y, de hecho, no se preocupó de su condición hasta que la llegada de los nazis al poder marcó a fuego a los judíos.

Entre 1892 y 1900, Zweig estudió durante ocho años en el Wasa-Gymnasium, un liceo situado en el número 10 de Wasagasse, muy cerca de la Universidad y del Rathaus-Park, y donde, años después, colocaron una placa para recordar a su pupilo, pese a que el escritor lo calificó de “odiado instituto”. Todavía era un niño cuando el movimientro obrero vienés empezó a dar muestras de fortaleza: los socialistas, que horrorizaban a los buenos burgueses, eran señalados y denunciados como si fueran una partida de malhechores y terroristas sedientos de sangre, “como antes los jacobinos y después los bolcheviques”, según escribió Zweig al final de su vida. Viena empezaba a ser una de las capitales del movimiento obrero europeo, frecuentada antes de la gran guerra por revolucionarios y exiliados de todos los países. Junto a la libertad que se respiraba en los cafés vieneses convivía el miedo burgués y una moralidad timorata que llamaba a los burdeles “casas de tolerancia”, y creía pornográficas las novelas de Zola mientras prohibía tajantemente que las mujeres pronunciasen la palabra pantalones. Zweig recordaba, como ejemplo de esa actitud burguesa, el escándalo organizado por una tía suya que, en la noche de su boda, huyó a casa de sus padres horrorizada porque su marido había pretendido desnudarla, jurando que no quería volver a ver nunca más a semejante monstruo.

Zweig se doctoró en filosofía en la universidad de Viena. Después, viajó por Europa, y más tarde, entre 1909 y 1912, por la India (donde le causaron una gran impresión la miseria y la división de castas), Ceylán, las colonias francesas de Indochina, África; visitó Estados Unidos y Canadá: en Nueva York, para combatir el aburrimiento que le produjo la ciudad, Zweig jugó consigo mismo como si fuera un inmigrante desesperado en busca de trabajo. Incluso llegó hasta el canal de Panamá. Ya había publicado ensayos, poesía, algunas novelas y colaboraba en los periódicos.

Durante los años de la I Guerra Mundial, Zweig se vio obligado a exiliarse en Suiza, desde donde intervino con sus artículos en la vida cultural y política austríaca. La gran guerra trastornó su vida y la de todo el continente con el inflamado nacionalismo que se extendió por Europa, y, después, con la gran inflación en Alemania y Austria que llevaron años de miseria y estrecheces, incluso de hambre, para millones de personas. Hasta el burgués Zweig vio el fantasma del hambre. Los tres primeros años de la posguerra los pasó “enterrado en Salzburgo”, aunque pudo hacer algún viaje a Italia. En esa ciudad se casó con Friderike Maria Burger von Winternitz. En 1938 se divorció de ella y, poco después, se casó con Charlotte Elisabeth Altmann. Vivió en Salzburgo hasta la llegada de Hitler al poder en Alemania. Era ya un autor célebre, y de sus libros se vendían centenares de miles de ejemplares, como ocurrió con Momentos estelares de la humanidad.

Fui también a ver el número 17 de la Rathausstrasse, la casa donde vivió Zweig. Es un severo edificio burgués con cuatro columnas en la fachada y dos figuras sobre la entrada. Ocupa toda la manzana, aunque hay otra entrada en la misma calle. En las esquinas, dos atlantes soportan el peso de las galerías acristaladas, las tribunas desde donde hoy observan la vida inexistente de ese gris barrio de Viena. El interior, de blanco inmaculado, alberga en nuestros días un hotel, y en el hueco de la escalera puede verse el ascensor negro, con rejillas. Apenas unos cuadros abstractos, con frases del escritor, recuerdan a Stefan Zweig. Más tarde, entré en el café Schwarzenberg, uno de los más clásicos de Viena, para observar la entrada del hotel Imperial, donde se alojó Hitler, el causante de la desgracia de Zweig. Hoy, el archivo Zweig se encuentra en el Bezirksmuseum Josefstadt, en el número 18 de la Schmidgasse, aunque en el palacio Lobkowitz, muy cerca del Hofburg, se encuentran los manuscritos de poetas y escritores que Zweig coleccionó durante toda su vida y que donó cuando abandonó Austria para siempre.
En esa ciudad donde murieron Beethoven y Kafka (en el sanatorio de Kierling, donde todavía guardan algunos recuerdos del escritor), en que podía verse a Mahler dando un paseo; donde Wittgenstein empezó a pensar en los límites del mundo y Lukács se exilió después de haber sido ministro del gobierno comunista de Béla Kun; donde Hermann Broch fue encarcelado por su militancia contra el nazismo, Zweig encontró el gusto por la cultura que un intelectual burgués como él no podía dejar de apreciar. Los cafés bulliciosos, llenos de escritores y artistas; las lujosas casas del Ring, donde habían recalado Beethoven, Haydn y Mozart; la alegría de los teatros, el brillo de las mansiones burguesas y los palacios de la vieja nobleza, y, más lejos, fuera ya del círculo dorado del Ring y de la Viena medieval, las barriadas proletarias donde creció el movimiento obrero, todo iba a cambiar; la vida alegre de una ciudad a la que habían empezado a amordazar con la dictadura de Dollfuss, quedaría convertida definitivamente en un recuerdo cuando las tropas nazis entraron en Viena, pese a que la burguesía creyó que los buenos tiempos iban a seguir marcando su vida. Pero Viena ya era otra ciudad: buena parte de su población aclamó a la Wehrmacht, y, cuando se celebró el referéndum para sancionar la anexión a la Alemania nazi, apenas dos mil vieneses votaron en contra.

Su pasión por conocer el mundo llevó a Zweig a viajar por cuatro continentes; incluso visitó en 1928 la Unión Soviética, tan odiada por la burguesía, invitado a participar en la celebración del nacimiento de Tolstói. Allí, entre los sóviets, se apoderó de Zweig la admiración por la fiebre revolucionaria que estaba cambiado el país, el asombro por la mezcla de la vieja Rusia de los campesinos y la nueva potencia proletaria que quería llevar la modernidad a las ciudades, al campo, a la condición humana. Hizo amistad con Gorki, pudo ver los palacios de Leningrado, el Ermitage atestado de campesinos, obreros y soldados, que admiraban la riqueza artística que habían atesorado los zares y que ahora sabían suya, y que pisaban con sus viejas botas los antaño exclusivos salones de la nobleza zarista. Zweig estaba lejos de simpatizar con los comunistas, pero no pudo por menos que emocionarse con la fraternidad que mostraba el pueblo ruso, embarcado en una revolución de la que se mostraba orgulloso. Pese a una denuncia anónima que alguien le hizo llegar, y que le llevó a preguntarse sobre el excesivo control bolchevique y a dudar sobre la realidad que intentaba interpretar, Zweig no dudó en afirmar que fue en la Unión Soviética “donde sentí y experimenté, como en ningún otro momento de mi vida, la fuerza de la corriente de nuestra época.”
En los años treinta su vida cambió. No hace mucho se hicieron públicas las cartas que Zweig envió a Alfredo Cahn, un judío suizo que se había establecido en Argentina y que se convirtió en su agente literario. Se relacionaron durante los últimos diecisiete años de la vida del escritor: su última carta se la escribió a Cahn el día anterior a su suicidio. En ellas puede verse la evolución de Zweig, su sufrimiento, su desconfianza ante el futuro que se cernía sobre Europa. Porque Zweig fue consciente desde el primer momento de lo que el fascismo representaba. A partir de 1933, empezó a manifestar su rechazo al nazismo, aunque prefirió recluirse en su trabajo; desconfiaba de las intenciones de Hitler y del nazismo, cuando aún los nazis no habían proclamado todos sus objetivos, aunque su inquietud fue motivo de sarcásticos comentarios de otros intelectuales vieneses, como si Zweig fuera un alarmista que se preocupaba por asuntos que no tenían relevancia. Sin embargo, pese a su preocupación, el escritor creía que no había que pronunciarse públicamente, ni escribir al respecto: estimaba que llegaría el momento oportuno para hacerlo. Trabajaba entonces en su libro sobre Erasmo, a quien consideraba un símbolo humanista de todo lo que el nazismo quería destruir. Con esa obra, quiso hablar de la persecución de la justicia, de las costumbres civilizadas, de la razón y el pensamiento, que, pese a su destrucción, creyó que seguirían siendo una guía para el espíritu humano.
Ya en marzo de 1933 escribió a su corresponsal Alfredo Cahn que “ahora incluso debo evitar viajar a Alemania, porque la libertad de uno no está totalmente asegurada. Qué más necesito decirle cuando hoy a Bruno Walter ya no se le permite dar un concierto en Alemania, y se ha hecho un registro en casa de Albert Einstein para averiguar si ocultaba un arsenal. Ahora es preciso estar presente, y por eso he tenido que anular telegráficamente las conferencias que debía dar en Suecia y Noruega en marzo y abril.” En ese mismo 1933, Zweig envió una misiva a Thomas Mann (quien, en la gran guerra, había defendido la postura alemana), definiendo la sombra siniestra que se estaba apoderando de Alemania y amenazaba a Austria: “La mentira extiende descaradamente sus alas y la verdad ha sido proscripta; las cloacas están abiertas y los hombres respiran su pestilencia como un perfume”. Pero las malas épocas a veces confunden a muchos: Zweig se dio cuenta de que la fuerza que adquirían Hitler y los nazis era una catástrofe, pero no pudo dejar de constatar que “los socialdemócratas no vieron su llegada al poder con tan malos ojos como habría sido de esperar, porque confiaban en que eliminaría a sus enemigos mortales, los comunistas, que tan enojosamente les pisaban los talones.”

En octubre de 1933, Zweig abandonó su casa de Salzburgo, preocupado por la evolución política. Austria no era Alemania, pero Berlín ya extendía sus garras hacia el pequeño país. Cuando volvió, al año siguiente, su casa fue registrada por la policía —que ya temía las consecuencias que tendrían para ella las exigencias y amenazas de los nazis austriacos y actuaba de forma parecida; una policía que en esos años ya obedecía, primero a Dollfuss, que fue asesinado por agentes nazis, y, después, al nuevo dictador fascista Schuschnigg, aunque la oposición de éste al Anschluss le costase ser encarcelado por Hitler cuando Austria fue ocupada por el Reich alemán— y Zweig se alarmó tanto por la deriva política que sufría su país que, dos días después del registro, abandonó Salzburgo para instalarse de forma permanente en Londres, aunque volvió a su país en viajes ocasionales, para visitar a su madre en Viena, por ejemplo.

Toda su vida, al menos como la había entendido hasta entonces, estaba a punto de terminar. Ya no regresó a su casa de Salzburgo, por donde habían recalado muchos de los más relevantes intelectuales de la Europa de entreguerras: desde Thomas Mann hasta Hofmannstahl, pasando por Ravel, Romain Rolland, H. G. Wells, Richard Strauss (que, para horror de Zweig, colaboraría después con los nazis hasta el punto de aceptar ser presidente de la Cámara de Música del Reich), Toscanini, Jakob Wassermann, Bela Bartók, James Joyce, Alban Berg, Paul Valéry, Franz Werfel, y desde donde mantuvo amistad con muchos otros, como André Gide y Roger Martin du Gard.
Dejó atrás Salzburgo y Viena, de donde, como dejó anotado en sus memorias, tuvo “que huir como un criminal”. Sus obras fueron prohibidas en Alemania y en Austria y se convirtió en un autor proscrito. En febrero de 1934, Dollfuss reprimió la huelga general y la revuelta obrera que había estallado en Viena: las calles que rodean las viviendas obreras de Karl-Marx-Hof se llenaron de sangre. Ese mismo año, Zweig se instaló en Londres, donde vivió hasta 1940, y, después, en París, Nueva York e incluso en América del sur, para finalmente establecerse en Petrópolis, cerca de Río de Janeiro.

Zweig desdeñaba la política, aunque fue ella la que marcó su destino, circunstancia que compartió con muchos otros intelectuales burgueses, para quienes no había otro camino que separar la literatura de la vida, de la política, del acontecer histórico, como si eso fuera posible. La firme crítica de Zweig contra los nacionalismos está presente en toda su obra, y, en esos años amargos, constata la persecución política que el nazismo emprende contra la izquierda, contra los hebreos, aunque ello no le llevará a identificarse con los círculos sionistas y nacionalistas judíos.

Zweig se hizo célebre con sus biografías, de María Antonieta, María Estuardo, Fouché, y otras. Conferenciante, ensayista, dramaturgo, trabajó con Richard Strauss, y pese a su notoriedad, no aceptó nunca galardones ni distinciones oficiales: estaba escindido entre su condición de escritor famoso y su gusto por la discreción, casi el anonimato. Pese a ello, mantuvo una estrecha amistad con otras celebridades de su época, como Romain Rolland, Sigmund Freud y Émile Verhaeren. Zweig consideró siempre a Rolland (el escritor que había conmovido las conciencias en 1914 con su “Au-dessus de la mêlée”, y a quien Lenin había pedido, sin éxito, que le acompañase en el tren precintado que iba a llevarlo a la Rusia prerevolucionaria) como un ejemplo de compromiso ético, como la voz que clamó contra la guerra y contra los nacionalismos que ensangrentaron Europa.
Zweig era un escritor burgués, aunque en nuestros días no se utilice esa definición, tan precisa; un hombre que vivió en una ciudad que, por un momento, pareció un espejismo en medio de los conflictos europeos. Viena era una capital imperial, católica, majestuosa y lasciva, amante del orden y de la precisión de los funcionarios imperiales, tan puntillosos que hasta organizaban la prostitución de niñas para que los hijos de la burguesía se iniciasen en la sexualidad. Los vieneses, enamorados del teatro, aclamaban a sus autores, frecuentaban los salones de música y la ópera, en ese mundo de ayer que terminó con el estallido de la gran guerra y que, aunque pareció recuperarse tras la desaparición del Imperio austrohúngaro, enseguida cayó en las garras del austrofascismo de Dollfuss y de Schuschnigg, para finalmente aclamar a Hitler. La Viena imperial fue el escenario de la juventud de Zwig: cuando se consumó el atentado de Sarajevo, Zweig tenía poco más de treinta años, y en el cuarto de siglo que le restaba por vivir vería la destrucción del imperio, la marcha Radetzky sonando en la Rembrandtstrasse, la creación de un pequeño país austríaco alrededor de una Viena que había perdido ya la batalla para siempre frente a Berlín, y el nacimiento de la pesadilla nazi.
Huyó de Austria, marchándose a Londres; después, a Estados Unidos y, finalmente, a Brasil. La propaganda que embotaba las conciencias —que pretendía hacer creer que Hitler apenas quería reunir bajo la bandera del Reich a los alemanes de algunos países fronterizos y que, cuando sus deseos fueran satisfechos, en muestra de gratitud, se dedicaría a exterminar a los comunistas— influyó en muchos gobiernos y en una parte significativa de la burguesía británica, francesa y de otros países europeos. Las malas noticias perseguían al escritor. Cuando llegó a Pernambuco, leyó en los diarios los cables que daban cuenta de los bombardeos fascistas sobre Barcelona, durante la guerra civil española. Zweig vio el “peligro que amenazaba desde China hasta más allá del Ebro y del Manzanares” y estaba alarmado por Austria, porque pensaba que de su destino dependía el futuro de Europa. De hecho, la última vez que visitó Viena, la ciudad donde había nacido, se despidió para siempre, en silencio, de sus calles, de sus cafés, de sus recuerdos perdidos en ella, seguro de que no volvería nunca más. Sabía que el odio se había apoderado de la vida de sus compatriotas, forzados a padecer a los nazis, a soportar la crueldad de los esbirros de las SA, y, no mucho después, le llegó la capitulación de Francia y Gran Bretaña ante Hitler, en Munich; la ignominia, como la calificó Zweig, de la entrega de Checoslovaquia a los nazis. Todavía, mientras estaba en Bath, no lejos de Londres, oyó, en 1939, la noticia de que Hitler había invadido Polonia. Creyó que era el final. Y, para él, casi lo era.
Quedaban lejos los días en que frecuentaba los cafés vieneses, esos “clubs democráticos” como él mismo los denominaba en los años en que podía leer en ellos los periódicos de media Europa por el precio de una taza de café. En 1940, Zweig había visto triunfar al nazismo y llegar “la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea”. Su mundo ya no existía; aquel territorio en que Franz Werfel había cantado por la fraternidad humana y contra los “charlatanes de la guerra”, y donde Berta von Suttner había extendido el ideal irenista, se estaba convirtiendo en un desolado páramo donde la paz y la libertad estaban siendo sacrificadas. En sus últimos años Zweig sufría con su condición de exiliado, aunque no por ello cayó en la nostalgia del nacionalismo: “es precisamente el apátrida el que se convierte en un hombre libre”, escribió poco antes de morir, lejanos ya los días en que discutía con sus amigos en un café vienés. En 1942, se suicidó junto con su mujer, inyectándose veronal, cuando parecía que Hitler iba a apoderarse del mundo: la Wehrmacht había llegado hasta las puertas de Moscú. Nada había afectado tanto a Zweig como ver a las tropas nazis desfilando por París, vencedoras del mundo. Había visto “la más terrible derrota de la razón”, y no tuvo fuerzas para seguir adelante, sin sospechar que, apenas unos meses después, la victoria de Stalingrado iniciaría el camino para derrotar al nazismo, para recuperar la razón y la libertad.


Higinio Polo
Barriodelcarmen.net

Higinio Polo
Licenciado en Geografía e Historia, y Doctor en Historia contemporánea por la Universidad de Barcelona. Ha publicado numerosos trabajos y ensayos sobre cuestiones políticas y culturales, y colabora habitualmente en medios como la revista El Viejo Topo, los periódicos Mundo Obrero, Rebelión y otros, tanto convencionales como digitales.Entre sus libros se cuentan la investigación Los últimos días de la Barcelona republicana, las novelas Al acabar la tarde, en Singapur; Vientre de nácar, y El caso Blondstein, así como los ensayos Irán: memorias del paraíso; USA: el Estado delincuente, y Retratos (de interior). Su obra más reciente es Dashiell Hammett. Novela negra y caza de brujas en Hollywood.
Otros enlaces con magníficos datos interesantes y complementarios que incluyen fotos:

miércoles, 4 de febrero de 2009

Paul Celan, el moribundo enamorado

El gran poeta judío que escribió en la lengua de sus verdugos consiguió escapar de la persecución nazi, pero su vida estuvo dañada por la experiencia del genocidio y por el sentimiento de culpa del que ha sobrevivido
Del Holocausto hubo víctimas mortales y víctimas moribundas. La cifra de víctimas del exterminio de los judíos por parte del nazismo en Europa es conocida, pero la verdadera magnitud del Holocausto sólo es completamente visible si se tiene en cuenta también a los supervivientes del crimen. La tradición judía acuñó un término para referirse a ellos: sheerit, el remanente, lo que quedó. Esa carga residual tiene, en el término hebreo, un matiz de orfandad: lo que quedó, pero lo que quedó sin nada ni nadie. El núcleo de este remanente lo constituyeron los cerca de 50.000 judíos liberados de los campos de concentración dispersos por Austria y Alemania en abril y mayo de 1945. A ellos habría que sumar algunos cientos de miles que antes se habían escabullido por poco de las tenazas asesinas de Hitler, pero que se vieron igualmente huérfanos, vagando por las frías estepas del Este europeo o por los sórdidos ambientes de las capitales donde se ocultaron hasta alcanzar un lugar más seguro en el mundo.

Se sintió un traidor por seguir viviendo allí donde se había extinguido lo humano
En medio del odio, levantó poemas que tienen una clara lectura amorosa y aun erótica
El poeta Paul Celan fue uno de éstos. Había escapado a las redadas que los soldados alemanes llevaron a cabo sistemáticamente durante los fines de semana de 1942 en su ciudad natal de Czernowitz, entonces en Rumania y hoy en Ucrania. Su novia, Ruth Lackner, le había conducido hasta un refugio a las afueras un día de junio en el que sus padres, que no habían querido seguirle a su escondite, hartos de la indignidad a que les forzaba la ocupación alemana, serían detenidos. Su padre moriría de tifus meses después en el campo de concentración de Transnistria, adonde habían sido deportados, y su madre lo haría un poco más tarde, asesinada de un tiro en la nuca en el mismo campo. Celan viviría ya siempre como el que quedó.

El destrozo de la soledad y de la pérdida, el clavo de la culpa, el desvarío por la violencia terminal y la humillación sufridas quebraron la capacidad de los supervivientes del Holocausto para vivir, igual que se quiebra un árbol, con el particular chasquido que le desgaja de su raíz principal. Muchos sucumbieron a tan extrema desgracia, y se suicidaron en los primeros años después del fin de la guerra. Celan, sin embargo, pudo durante un tiempo luchar en su interior por no ser leña seca, y se resistió a su destrucción. Él constituye un ejemplo más, añadido a los Horowitz, Shmueli, Appelfeld y tantos otros de Czernowitz y de otros muchísimos lugares que también sobrevivieron. Pero, aunque no es un modelo, se puede rastrear su resistencia, porque habita en sus poemas escritos en la lengua de sus verdugos, una lengua que él cuidó con delicadeza extrema como si fuera un cristal único, frágil y radiante, capaz de transparentar con fidelidad el complejo espectro de su experiencia y de su espíritu.

La lengua alemana era, en efecto, el instrumento que hacía posible el espesor de los estratos sentimentales y la polisemia que Celan buscaba llevar a su poesía, porque era una lengua agitada en la emoción de lo familiar y de lo extraño, un sortilegio para tener presente el mundo invariable de su madre y de sus tías, su amor incondicional, el círculo de amigas que lo admiraban, y el mundo aprendido de la poesía alemana. Celan se sentía un traidor por seguir viviendo allí donde se había extinguido lo humano, un muerto viviente que carecía ya de aquel amor infinito de su infancia en una espera sin límites. Si el judío, como Albert Cohen explicó, ha buscado en el siglo XX el amor fraterno del gentil como condición para no sentirse expulsado de la humanidad, la carencia de Celan agravó su sufrimiento de la existencia. Entonces él, el enamoradizo, buscó allá por donde iba ese amor infinito que le faltaba.

Tal vez por ello, escribir para Paul Celan fuera, como para el mismo Cohen, escribir a una mujer, seducir a una mujer. Sus poemas están llenos de un tú normalmente femenino al que se toma como interlocutor. Hay 1.400 du en la obra del poeta, y es la palabra más repetida en ella. Cada uno de esos tú no es una evocación imprecisa de una entidad eterna. En muchos casos es su propia madre, pero en otros muchos responde a mujeres con las que Celan mantuvo relaciones. En medio del odio que le había negado la existencia, Celan levantó poemas que, como ha visto Bertrand Badiou, tienen una lectura claramente amorosa o aun erótica.

Detrás, pues, de ese tú se esconde la presencia de Ruth Lackner, una judía austriaca, actriz, a quien Celan dejó mecanografiada su primera colección de poemas antes de huir desde Bucarest hacia París, a través de Viena. Está ella, pero también Rosa Leibovici, a quien conoció en los últimos años en Czernowitz y que le siguió a Bucarest (1944-1947), o Ilana Shmueli, apenas una adolescente entonces, y con quien el poeta volvió a encontrarse en diversas ocasiones a partir de 1965 en París y en Jerusalén. El tú de Celan se extiende por otras latitudes y por todos sus libros. A su paso por Viena, en 1948, conoce y se enamora de la poeta Ingeborg Bachmann, hija de un maestro de Carintia miembro del partido nazi. Con Bachmann, Celan se encontrará varias veces más, sobre todo entre el otoño de 1957 y julio de 1958, recomponiendo un vínculo que unía a dos extraños a pesar de su amor. Cuando en 1948 llega a París, Celan frecuenta el círculo de su amigo rumano Isac Chiva, del que también participa Ariane Deluz, primera mujer de Chiva y amante de Celan entonces y en sus últimos años. Es precisamente Chiva quien presenta al poeta a la que será su futura mujer, la artista gráfica Gisèle Lestrange, e inmediatamente surge entre ambos una pasión intensa. En 1952 se casan y en 1955 tienen a su hijo Éric. Celan aspiraba a crear una familia como se aspira a tener una vida plena. Amaba a su mujer y a su hijo, pero no pudo alcanzar esa aspiración. Al final de la década de 1960, hubo de separarse de ellos y vivir solo. Antes, entre 1953 y 1962, Britta Eisenreich había sido su "mujer alemana".

Eisenreich está ultimando la escritura de lo que seguramente serán unos interesantes recuerdos de su relación con Celan. Sin embargo, donde realmente se puede rastrear el alcance de los lazos con todas estas mujeres es en la correspondencia que Celan mantuvo con ellas. Algunos de estos cruces de cartas han conocido en los últimos tiempos una publicación acompañada generalmente con notas esclarecedoras de sus editores. Magnífica por mil razones, la correspondencia con su mujer, Gisèle, pone al descubierto el doloroso forcejeo entre el amor del poeta a su familia y su locura, que fabricó la gasa negra en la que se asfixiaron los últimos diez años de su vida. Lo que él mismo llamó "su enfermedad" era grave, producto de una personalidad sumamente dolorida, dañada sin remedio por la experiencia del genocidio y por el sentimiento de culpa del que queda. En una anotación de 1966 del diario del filósofo Emil Cioran, se puede leer: "Anoche, en una cena, me enteré de que habían internado a Paul Celan en una casa de salud, después de que intentara degollar a su mujer. (...) Ese hombre encantador e insoportable, feroz y con accesos de dulzura, al que yo estimaba y rehuía, por miedo a herirlo, pues todo le hería".

Celan había oído por fin aquel chasquido que le separaba de la existencia. Mientras pudo, se había alimentado con el amor de esas mujeres, un amor que necesitaba y buscaba, sin saciarse, también como motor para su poesía. Pero esa vitalidad de moribundo se acabó con el brutal tratamiento psiquiátrico a que fue sometido durante una década de duros internamientos clínicos con administración de psicotropos y electroshock: "Había muchas fuerzas reunidas en mí -no sólo las de la poesía-, que eran una sola fuerza, una sola. Han querido quitármelas -tal vez porque eran demasiado grandes-; mi fuerza era tan grande que no han podido dejármela. Me defendí durante mucho tiempo, pero cuanto más decidido y concentrado llevaba ese combate, más dura se hacía la caída", le escribió en una carta de 1969 a Ilana Shmueli. Cuatro meses más tarde, el moribundo enamorado se arrojó al río Sena.

Carlos Ortega, escritor, traductor y editor, es director del Instituto Cervantes de Viena. Su último libro publicado es La perfecta alegría (Pre-Textos).
En el siguiente enlace podrán leer otro interesante artículo sobre Celan, en la conocida página Hotel Kafka:
 
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