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domingo, 7 de febrero de 2010

Albert Camus: un solitario solidario


I

Hace cincuenta años, el lunes 4 de enero de 1960, cerca de las dos de la tarde y en la ruta de Sens a París, un automóvil zumbante en velocidad excesiva chocó contra un árbol de la orilla de la carretera y se partió en dos. Al lado del vehículo la policía de caminos encontró tres cuerpos aún vivos: dos mujeres ligeramente heridas, un hombre moribundo, Michel Gallimard y, entre las láminas aplastadas de la carrocería, otro más, ya muerto, que sería reconocido gracias al documento de identidad. Muy poco después los atareados teletipos difundían al mundo la sensacional noticia: el cuerpo inmediatamente muerto en el choque del vehículo Facel-Vega era el de un francoargelino de 46 años de edad, casado, padre de dos niños, residente en París, que era simultánea y famosamente el escritor, el novelista, el dramaturgo, el ensayista Albert Camus, poseedor del premio Nobel de Literatura desde apenas tres años antes y mundialmente acreditado en el mundo como una de las voces morales de su tiempo.

Albert Camus había nacido el 4 de enero de 1913 en Mondovi, departamento de Constantine, Argelia. Su padre, Lucien Camus, era un modesto artesano originario de Alsacia que en1914, el año inicial de la Primera Guerra Mundial, murió como flamante soldado suavo en la primera batalla del Marne y dejó en el infortunio a la señora Catherine Sintes de Camus, argelina de origen español, y dos hijos: Albert y su hermano un poco mayor. Desde 1919, gracias a una beca, Albert ingresa en la escuela pública de la ciudad de Argel, y después en un instituto de educación secundaria donde encuentra un maestro, Louis Germain, un santo laico que lo instruye en las letras, en las virtudes intelectuales y morales que debe tener “un buen pobre” y en la práctica del futbol amateur, que, como dirá más tarde, es también una buena disciplina intelectual y moral.

En la juventud Albert lee ávidamente a filósofos y novelistas, detiene o encaja goles como heroico guardameta del equipo de futbol de la Universidad argelina y desde 1930 sufre los síntomas de la tuberculosis, por la que debe renunciar a sus recién iniciados estudios formales de Filosofía, que, por lo visto, no resultan particularmente fortalecedores de los pulmones aunque sí de la mente, y entra de oficinista menor en la Prefectura de Argel, donde el poco trabajo y los extensos paréntesis de ocio le permiten ir sanando, fundar una compañía teatral con amigos y obreros franceses y musulmanes, practicar el futbol amateur, frecuentar las playas para nadar hasta la línea del mar abierto, broncearse tendido bajo el totalitario sol africano y galantear a las morenas bañistas, quienes lo encuentran apuesto a pesar de ser doblemente chato por tener breve la nariz y por apellidarse Camus (que en francés significa... chato, precisamente); y ha comenzado a escribir paginas de prosa narrativa y ensayística que publica entre sus trabajos de reportero en el periódico Alger républicain, dirigido por su amigo Pascal Pia.

Desde sus primeros reportajes acerca de la miseria de los trabajadores musulmanes de Argel, con los cuales, veinte años antes del estallido del conflicto argelino, fue de los primeros en lanzar la voz de alarma acerca de la condición proletaria en su país, Camus se gana una buena fama en los medios cultos de Argelia y de París y un destacado renglón en la lista negra de la policía argelina, que, sabiéndolo cercano al Partido Comunista, empieza a hostigarlo. Entonces ha llegado para el joven periodista el momento de salir hacia el mundo. Y el mundo entero, para un joven intelectual de cualquier país subdesarrollado, es la capital por excelencia de la cultura: París, la Ciudad Luz (¿cuál otra en aquel entonces?).

En París y después de meses de hambre y de dormir a veces bajo algún puente del Sena (río culto que fluye entre orillas de libros, según Apollinaire), Camus obtiene trabajo en el diario Paris-Soir, donde no tardará en ser nombrado redactor jefe. En 1933, habiendo, como decía, “aprendido el socialismo no en Marx, sino en la vida”, ingresa en el Partido Comunista, pero no tarda en abandonarlo, hastiado del dogmatismo marxista-leninista y decepcionado por algunas noticias acerca de la atroz dictadura de Stalin, quien ya ha comenzado a encerrar a campesinos y obreros en campos de concentración y a aniquilar, mediante tribunales y juicios ad hoc, a intelectuales y líderes de la vieja guardia comunista. De ahí en adelante será un hombre de izquierda sin militar en ningún partido, será un solitario solidario, que, pasada la medianoche, al salir de la imprenta del periódico, va con algunos obreros, redactores, correctores y linotipistas, hombres puros de pensamiento libertario, de una feroz intransigencia moral, a beber las copas de la convivialidad y de la discusión sobre la actualidad política en un pequeño bar de suburbio en cuya estantería el bartender tiene, entre las botellas de licor, una pequeña biblioteca ácrata (Proudhon, Bakunin, Kropotkin, el primer Max Stirner, acaso el Tolstoi filolibertario, etc.). Con algunos de esos camaradas Camus alquila un apartamento amueblado de la calle Jaude, donde se forma una especie de falansterio alrededor de la “caja del “fondo comunitario”: la lata en la que mujeres y hombres depositan el dinero de sus pagas.

Allí, Albert, desde las dos de la madrugada, con un eterno cigarrillo Gitane entre los labios, con un vaso de vino tinto cerca de las cuartillas, ha empezado a escribir, a mano, pues aún carece de máquina de escribir propia, su primera novela:L’étranger.

II

En 1942, en Francia ocupada por las fuerzas de Hitler, un libro titulado L’étranger (El extranjero), primera novela de un autor hasta entonces casi desconocido, salvo de algunos lectores por sus artículos periodísticos en Paris Soir y del público que lee el furtivo Combat (el periódico de la Resistencia), sacudió los círculos intelectuales y literarios de París y no tardaría en hacerlo en los del mundo. Albert Camus, robando horas al cansancio de su doble actividad periodística, la había escrito acaso paralelamente a su libro-ensayo Le mythe de Sisiphe (El mito de Sísifo). Su protagonista y al mismo tiempo el narrador de su “caso” es un hombre común, pero será célebre como uno de los grandes personajes de la narrativa del absurdo, inscrita en la filosofía existencialista que Heidegger había iniciado en Alemania y que famosamente Jean-Paul Sartre, el maestro de pensar del joven novelista argelino, había ya importado a la literatura francesa con el plúmbeo ensayo El ser y la nada y la angustiosa y no menos plúmbea novela La náusea.

El argumento de El extranjero se inicia narrando la cotidianidad mediocre de Mersault, un pied-noir de Argel, un ciudadano blanco, oficinista menor de la burocracia estatal. Ese hombre común, de carácter apático pero entusiasta del goce sensual (el sexo, el sol, el mar), es llamado un sábado al asilo de ancianos donde ha fallecido su madre, y después de cumplir sin dolor manifiesto con los ritos comunes de la velada fúnebre, de la ceremonia religiosa y del entierro, reemprende inmediatamente su monótona vida habitual: esa misma tarde sabatina va al cine con su amante, Marie Cardona, a ver una película cómica. Al día siguiente, domingo, va con su amigo Raymond a una playa común aledaña de un barrio árabe. Allí, y en el único momento violento de la novela, los amigos tienen una reyerta con dos árabes que perseguían a Raymond por un lío con una mujer. Apuñalado en un brazo, Raymond trata de disparar un revólver, Mersault se lo arrebata para impedir asesinato, y, agobiado por el insoportable calor canicular, vaga por la playa, reencuentra por casualidad al árabe heridor de su amigo, y desapasionadamente, como cediendo a un abotagamiento bajo la conspiración del sol cegador, el calor, el revólver inconscientemente empuñado y el propio hastío, dispara contra el árabe. “Y el disparo fue como un aldabonazo en la puerta de la desdicha”.

Así termina la primera parte de la novela, que aunque desarrollada desde la voz narrativa del protagonista, tiene un tono en apariencia “objetivo”, en el que algunos críticos creyeron detectar la influencia del roman noir norteamericano: la novela detectivesca de Hammet, Chandler y otros. Esa influencia la negaría el mismo Camus, y por lo demás, si alguna hubiera, ya no es visible en la segunda parte de la novela, ahora narrada desde la subjetividad de Mersault, que asiste, pasivo y a veces divertido, a su proceso criminal y va desarrollando la conciencia del absurdo de su existencia como de cualquier existencia humana. Objeto de la justicia, no asumiéndose como un criminal, se siente extranjero en la realidad común, un hombre desligado de los valores morales que pretenden dar sentido a la vida. Ahora es un (no profesional) pensador del absurdo: indiferente al bien y al mal: para él lo que llamamos vida es sólo existencia pura y simple, el mundo no tiene ni acata una significación, es impasible ante el goce o el dolor de los hombres. En Mersault ha nacido una suerte de conscientemente inútil revuelta interior: la vida es absurda y sólo consentir lúcidamente (¿e irónicamente?) en ello le da un sentido.

Camus aclararía en el ensayo El mito de Sísifo esa filosofía, digamos “mersaultiana”, con la que se matiza su pensamiento existencialista heredado de Sartre (que lo heredó de Heidegger). Si el antihéroe camusiano se afirma en la revuelta inútil ello se debe a que, en los últimos momentos de condenado a muerte, su conciencia despierta y le revela “la indiferencia del mundo” ante los afanes, las pasiones y la gesticulación de los hombres. Pero, entre el sí y el no de la conciencia, el ensayo, tal vez escrito paralelamente a la novela, incide en una idea afirmativa: Sísifo, el hombre inmerso en el mundo absurdo, consciente de la inutilidad, del sinsentido de reiteradamente subir la enorme roca hasta la cima de la montaña, decide que con eso da un sentido y hasta un gozo a su existencia y a la condición humana. Sísifo es “más fuerte que la roca que carga”, y, en ese acto de pura voluntad, se asigna a sí mismo la esperanza de una razón de vivir.

Sartre, el inicial “maestro de pensar” del joven novelista de veintisiete años, elogióEl extranjero en un famoso ensayo. Camus conquistaba temprana celebridad como un brillante escritor aparentemente “amoralista”; pero durante sus años de la Resistencia contra la ocupación alemana, en los que escribía sus lúcidos editoriales en el furtivo Combat, fue teniendo una evolución filosófica y moral que se manifestará en su segunda novela, publicada en 1947: La peste.

III

Durante los años de su actividad en la Resistencia francesa como redactor-jefe del clandestino periódico Combat, Albert Camus había aprendido a desconfiar de cualquier pensamiento absurdo pero racionalizado y legitimador de los paladines del totalitarismo. En el drama Calígula (concebido en 1937 y representado, en 1945, unos meses antes de la liberación de París) había puesto en escena a una especie de alucinado héroe de la absurdidad, un tirano que, tras la muerte de la amada esposa, dedica su poder a vencer el absurdo por el exceso del absurdo y a imponer un reinado de la arbitrariedad, del capricho y el crimen. En el último acto, el tirano, comprobando que por haber “tomado partido contra los hombres” ha fracasado su quimera, se entrega a los puñales de los patricios conjurados gritando: “¡A la Historia, Calígula, a la Historia”, y profiere en un estertor: “¡Aún estoy vivo!”.

La pesadilla de la guerra mundial había terminado, pero no se habían acabado las diversas formas de poder total y las variantes del tirano Calígula. Hitler y Mussolini habían muerto, pero persistían dictadores como, por ejemplo, Franco y Stalin, quienes, basados en ideologías divergentes, ejercían el poder total en España y en la Unión Soviética. La pesadilla de la Historia (que decía James Joyce por boca de Stephen Dedalus en el Ulises) no había abandonado el mundo y combatirla seguía siendo una razón de ser, de actuar, de escribir que frente a un renaciente orden absurdo era una tranquila esperanza y una labor cotidiana: “Pesimista en cuanto a la condición humana, soy optimista en cuanto al hombre”, dice Camus y ese pensamiento subyace en La peste (1947), una novela alegórica que, inspirada por la invasión hitleriana, alude a cualquier orden totalitario.

Abierta desde este justificatorio epígrafe tomado del novelista inglés Daniel Defoe: “Tan razonable como representar una prisión de cierto género por otra diferente es representar algo que existe realmente por algo que no existe”, la segunda novela de Camus —cuyo esquema alegórico es enriquecido con la narración y la descripción realistas de la ciudad argelina de Orán imaginariamente ocupada por la epidemia y aislada del resto del mundo— comienza cuando, al salir de su cuarto de baño en una mañana primaveral, el doctor Bernard Rieux tropieza en el pasillo con una rata muerta. Una invasión de ratas enfermas ha inaugurado la peste. A partir de la invasión de los roedores la epidemia avanza en progresión geométrica sobre la cotidianidad ciudadana sin que las autoridades sanitarias puedan contenerla, y va cobrando un cada vez mayor número de víctimas. Las autoridades municipales declaran el estado de epidemia y desde ese momento Orán cierra entradas y salidas fronterizas y, como una ciudad sitiada en estado de guerra, resulta desprovista de toda comunicación con el exterior. Muchos ciudadanos se adormecen en el miedo o buscan cualesquiera formas de consuelo o diversión, otros más lucran con la miseria general, pero algunos como el doctor Rieux y su amigo Tarrou, unos pocos, procurando no perderse esporádicas ocasiones de goce del mero existir (por ejemplo tomándose una tregua para gozar de la playa, del sol, de la natación en el mar), se enfrentan a la epidemia y la combaten como humildes y tenaces héroes civiles, se esfuerzan en las labores médicas y en cualquier forma de socorro a los enfermos. Y, tras los días infernales de la tan concreta como simbólica ocupación de Orán por las ratas, la ciudad queda liberada de la plaga.

Los trabajos de Rieux, Tarrou y otros valientes, en el modo de un heroísmo pacífico, humilde y cotidiano, han ayudado a que la ciudad se salve recobrando la salud. Pero en el final de la novela, publicada en los días en que el mundo se recupera de las invasiones nazis, descubrimos que el cronista del combate a la plaga, es decir, el “cronista” desde el interior de la novela, es el mismo doctor Rieux, que concluye su testimonio en un tono de advertencia:

“Escuchando, en efecto, el griterío alegre que ascendía de la ciudad, Rieux pensaba que esa alegría estaba siempre amenazada. Porque sabía algo que aquella alegre muchedumbre ignoraba y que puede leerse en los libros: que el bacilo de la peste no muere, que puede permanecer durante decenas de años adormecido en los muebles y en las sábanas, que pacientemente espera en las habitaciones, en los sótanos, en las maletas y hasta en los pañuelos y en los viejos papeles, y que tal vez llegaría el día en que, para desgracia y para enseñanza de los hombres, la peste volviese a despertar a sus ratas y a enviarlas con la muerte a una ciudad dichosa.”

La segunda novela de Camus es una extensa, una intensa metáfora del Mal representado por la epidemia, la cual representa al orden nazi, el cual a su vez representa a cualquier orden totalitario… y simultáneamente a otra perpetua plaga: el terrorismo de grupo o de Estado y sus ideologías justificadoras. Y de esa plaga Camus tratará en 1951 en L’Homme revolté (“El hombre en revuelta”, mejor que “El hombre rebelde”), un perturbador ensayo sobre la violencia terrorista y revolucionaria “justificada” por alguna ideología fervorosa y sistemáticamente humanitaria.

IV

Publicado en 1951, cuando el totalitarismo fascista ha sido vencido y destruido, pero queda en gran parte del mundo el totalitarismo sovietico, L’hommme revolté (El hombre en revuelta, título que propongo en lugar de El hombre rebelde, adoptado generalmente para las ediciones del libro en español), es el libro en que Camus, prolongando sus reflexiones de El mito de Sisifo y llevándolas al plano de la historia política, se interroga sobre el problema central del siglo XX exponiendo cómo unos hombres, en nombre de de alguna ideología y justificando alguna razón de Estado, han legitimado los totalitarismos asesinos. “Heatcliff, en Cumbres borrascosasaniquilaría a la Tierra entera por poseer a Cathie—dice el autor en las primeras líneas de la introducción y refiriéndose a los protagonistas de la poderosa novela de Emily Brontë—, pero no se le ocurriría decir que ese crimen es razonable o que es justificable por un sistema. Lo cumpliría, y allí concluye toda su creencia. (...) Pero a partir del momento en que, por falta de carácter, uno asume una doctrina, desde el instante en que se razona el crimen, éste toma todas las formas del silogismo” y conduce a los sistemas totalitarios, a “los campos de esclavos bajo la bandera de la libertad, a las matanzas justificadas por el amor al hombre o por el gusto de la superhumanidad”.

L’homme revolté reflexiona sobre la historia de la revuelta. Desde la Biblia y el pensamiento y la mitología de los griegos hasta los revolucionarios de los siglos XIX y XX, Camus interroga a algunas figuras tomadas de la religión, la filosofía, la literatura y la historia y sus movimientos políticos. Para Camus la revuelta histórica y política, que opone los hombres a quien los oprimen, es la consecuencia lógica de la revuelta metafísica. La literatura, desde los pensadores libertinos del siglo XVIII y desde Sade ha reivindicado la “negación absoluta” en forma de egoísta, frenética e ilimitada libertad del individuo; algunos dandis intelectuales y literarios surgidos del romanticismo han erigido una justificación de diversos estilos de satanismo; Ivan Karamazov desde la visionaria novela de Dostoyevski, y en revuelta metafísica llevada hacia la revuelta traducida en acto criminal, no justifica a un Dios que permite el dolor de los niños; desde el siglo XIX los nihilistas y los líderes revolucionarios de finales del siglo legitiman la razón esencial de su revuelta: sustituir el reino de Dios por el de la Justicia social, y, en consecuencia, los líderes políticos erigen a su vez, bajo ese explícita o implícita razón de actuar, alguna manera de Estado totalitario: el régimen fascista y el régimen soviético. El terrorismo de Estado elige la irracionalidad como en el Estado nazi, o la racionalidad, como en el socialista Estado soviético, y los dos sistemas ideológicamente contrapuestos se materializan en el horror de los campos de concentración y del exterminio metódico de disidentes o de la masa de sirientes reacios. O de o meros resistentes o de seres racialemente “inferiores”. Los dos sistemas de feroz capitalismo estatal a final de cuentas, ejercen una misma opresión y un parecido terror sobre los hombres concretos…aunque lo hacen para bien de los hombres futuros, es decir abstractos. Y Sísifo, trastocado en Prometeo y razonando y justificando su revuelta, se levanta hacia el poder, se vuelve César y legitima otro poder, el cual, como los anteriores, esclaviza y aterroriza y mata a los hombres prometiéndoles un futuro luminoso constantemente pospuesto… porque antes hay que cumplir con los deberes exigidos por la Historia erguida como sustituto del Dios desechado.

La publicación en 1951 de L’homme revolté, obra filosófica apasionada pero serena, provocó violentas polémicas más políticas más que filosóficas, la principal de las cuales comenzó desde la revista de Jean-Paul Sartre, maestro del pensar, jefe de conciencia de la intelectualidad comunista y procomunista, director de los paladines del “socialismo real” en la revista Les temps modernes y líder intelectual del marxismo dizque puesto al día, y, en torno a ellos, los escritores engagés, los comprometidos con el marxismo-leninismo correcto, más las legiones de militantes y simpatizantes (los llamados “compañeros de ruta” y los que Lenin llamaba los “tontos necesarios”), no podían admitir que se condenara a la correcta ideología “científica” y su dizque realización histórica en la Unión Soviética y en los países satélites. Mientras Sartre servía a la ruta ineludible de la Historia hacia la meta delhappy end, Camus “irresponsablemente” decía No y se salía de esa ruta arguyendo que era demasiado dura para los hombres realmente existentes. Y la campaña de un tono militante y casi militar en contra del inquietante cuestionador de la razón de ser del paraíso “socialista”, es decir en contra del desmentidor de la esperanza radiante de la humanidad soñada, se desencadenó en un modo montonero y notoriamente innoble.

V

En L’homme revolté (El hombre en revuelta) mostraba Camus cómo los revolucionarios que seguían una lógica hasta el final acababan convertidos en opresores y criminales, y cómo tal línea conducía a los disidentes “al mismo dilema: o la policía o la locura”. Camus contradecía así el mito de la revolución ideal conducida hacia un redentor Estado: oponía la lucidez crítica a la ideología de la sistematizada Revolución, abrazada por los intelectuales de la izquierda doctrinaria (y se ha visto que Camus no se equivocaba: se ha visto cómo a lo largo del siglo XX y en tiempos en que vivía Camus, y luego, en tiempos que su muerte en 1960 le impidió conocer, el mito revolucionario, traducido en acción sistemática, ha derivado hacia los sistemas totalitarios).

La polémica Sartre-Camus prendió en la intelectualidad internacional. Mientras Sartre en aquel tiempo declaraba estar a favor de la Historia, esto es: de los sistemas que según él hacían avanzar a la humanidad hacia el horizontes luminoso del socialismo realizado en el Estado, el de Stalin, el de Mao, y después los de Pol Pot y Castro, en cambio Camus, “solitario solidario” (según consideraba al personaje de uno de sus cuentos de El revés y el derecho), se situaba de parte de las víctimas, de quienes sufren la Historia bajo bajo sistemas totalitarios que se llaman comunistas, pero ejercen un capitalismo de Estado aún más feroz que el del sistema manifiestamente capitalista.

El tema originario de la discusión era el libro de Camus y particularmente sus críticas a la revolución erigida en Estado absoluto, pero muy pronto se hizo central un asunto específico: la existencia de los campos de concentración en la Unión Soviética. El encono y el anatema de Sartre y seguidores contra Camus, llevado hasta el punto de deformar su biografía (se llegaba a afirmar que Albert no había sido pobre en su infancia y su adolescencia), se debía a que el autor argelino denunciaba las injusticias de la razón de Estado en los países del socialismo autoritario.

En su respuesta, Sartre se asumía como paladín del sufriente proletariado y ocasional compañero de ruta de los comunistas defensores del Estado “socialista”; y decía, desde el pedestal de maestro del pensar: “Usted condena al proletariado europeo, porque no ha reprobado públicamente a los soviets, pero también condena a los gobiernos de Europa porque admitirán a España en la UNESCO; en este caso, sólo veo una solución para usted: las Galápagos. En cambio a mí, al contrario, me parece que la única manera de acudir en ayuda de los esclavos de allá es tomando el partido de los de aquí”.

Camus respondió lúcidamente al maquiavelismo sartriano, aunque ya sus respuestas estaban implícitas y explícitas, en L’homme revolté: “Acabando su historia a su manera, la revolución no se contenta con matar cualquier revuelta. Obliga a todo hombre, y hasta al más servil a ser responsable de que la revuelta haya existido y exista aún bajo el sol. En el universo de ese proceso, al fin conquistado y acabado, los pueblos de culpables caminarán sin tregua hacia una imposible inocencia bajo la mirada amarga de los Grandes Inquisidores”. Así “la contradicción última de la mayor revolución que haya conocido la Historia es que pretende la justicia a través de un ininterrumpido cortejo de injusticias y violencias”.

Octavio Paz, que estaba en París cuando se encendió la famosa polémica, y que había leído en publicaciones periódicas algunos adelantados capítulos de L’homme revolté, vivió los días fogosos del comienzo de la polémica, y daría su testimonio:

“En esos días Sartre estrenó Le Diable et le Bon Dieu. Fui a una representación y me impresionó la justificación jesuítica de la “eficacia” revolucionaria que contiene esa obra. A los pocos días comí con Camus y le dije: ‘Acabo de ver la pieza de Sartre y es una apología indirecta del estalinismo. Cuando aparezca el libro de usted, Sartre lo atacará’. Me miró con incredulidad y me respondió: ‘Tengo sólo tres amigos en el mundo literario de París. Uno de ellos es Malraux. Me he alejado de él por su posición política. A Sartre, me liga sobre todo una relación intelectual. El tercero, al que me une algo más que las ideas, es el poeta René Char —un amigo fraternal. Ninguno de los tres me atacará’. Me sorprendió su respuesta y le dije: ‘Sí, Malraux nunca lo atacará. Se lo prohíbe su estética heroica y teatral: sería un gesto indigno de su personaje. Char tampoco lo atacará: es un poeta y, esencialmente, coincide con usted —o usted con él. Pero Sartre es un intelectual y para él, a la inversa de Malraux, la vida de las ideas es la verdaderamente real (aunque en su filosofía pretenda lo contrario). Al hombre que ha escrito Le Diable et le Bon Dieu tiene que parecerle una herejía lo que usted dice en L’homme révolté y condenará a la herejía y al hereje en el Tribunal filosófico...’ No me creyó. Días después, la revista de Sartre desencadenó el ataque en su contra. Llamé por teléfono a María Casares: ‘¿Cómo está Alberto?’ Me contestó: ‘Se pasea por la casa como un toro herido’”.

Camus, añadía Paz, “no enfrentó una ideología a la historia y sus desastres, como Sartre y [Louis] Aragon, sino una lucidez. No fue un filósofo sino un artista, pero un artista que nunca renunció al pensamiento. Si la filosofía nos enseñaba a vivir y también a morir, si la filosofía no es sólo un saber, sino una sabiduría, hay más sabiduría en los ensayos no filosóficos de Camus que en las disquisiciones de muchos filósofos”.

Por: José de la Colina

martes, 16 de junio de 2009

El día más largo en un libro


El mundo celebra un nuevo Bloomsday.
Como cada 16 de junio, miles de irlandeses, turistas y curiosos de todo el mundo saldrán a las calles de Dublín para rendir su particular homenaje al más complejo escritor del mundo, James Joyce, que situó justamente en ese día de 1922 la trama y desarrollo de su novela Ulysses. La celebración llega ya a más de 60 países y el “Bloomsday” se ha convertido en una rara combinación de historia, literatura y turismo.
Este día, que Joyce eligió porque el 16 de junio de 1904 tuvo su primera cita con Nora Barnacle, la que años después sería su mujer y madre de sus hijos, se seguirán los ritos que página tras página Leopold Bloom vive en la novela: comenzar el día con un baño en la playa de Forty Foot y visitar la Martello Tower, donde comienza la novela, hoy convertida en uno de los varios museos dedicados a Joyce, tomar un borgoña y un sandwich de Gorgonzola en el pub Davy Byrne en Duke Street, tal y como hizo Bloom o tomar una pinta en Ormond Quay. Claro que el tiempo transcurrido desde la Irlanda de principios de siglo hasta la actualidad hace imposible seguir una ruta exacta a la planteada en el Ulises. Por ejemplo, uno de los lugares emblemáticos del personaje de Bloom, su propia casa, en el 7 de Eccles Street de Dublín, ya no existe. De otras zonas de la ciudad, como el distrito rojo o “Nighttown“, sólo queda un leve recuerdo.
También ese día, y algunos antes o después porque las fiestas duran hasta una semana, muchos se vestirán como lo hacían los personajes de Ulises a principios de siglo y participarán en los festejos que tienen lugar en torno al Bloomsday.
En todo caso este rendido homenaje, único en el mundo, que Dublín rinde a su escritor más emblemático, es bastante insólito y en todo caso se trata de un amor no correspondido. Joyce acabó odiando Irlanda en general y Dublín en particular, de hecho vivió gran parte de su vida fuera de ella e incluso no quiso ser enterrado en la capital irlandesa. Por la otra parte, los irlandeses guardaron, hasta no hace tanto tiempo, bastantes reticencias hacia Joyce. De hecho sus obras llegaron a estar prohibidas durante años en la “isla esmeralda”, cuando el escritor era un símbolo de Irlanda en el resto del mundo. El autor fue calificado de pornógrafo y su colega y compatriota Virginia Woolf dijo que nunca había leído tal basura. Alguien dijo que es la obra menos leída y de la que más se habla y sigue considerándose una de las obras maestras de la literatura inglesa.
http://www.bibliotecajoyce.netfirms.com/index.htm

http://www.escueladeletras.com/actualidadliteraria/index.php

http://es.wikipedia.org/wiki/James_Joyce


http://www.laregion.es/noticia/94177/ourense/rutas/literarias/esmorga/blanco/amor/dubl%C3%ADn/ulises/james/joyce/

jueves, 16 de abril de 2009

Darwin y el Diseño Inteligente

LO QUE DARWIN NUNCA DIJO

A Charles Darwin, que hoy habría cumplido 200 años, se le ha acusado de inspirar la eugenesia y el genocidio nazi, y tanto el capitalismo como el marxismo lo han reivindicado para sí tirando de diferentes hilos, ya sea el de la competición por la supervivencia o el del materialismo ateo.

Pocas figuras se han manipulado tanto como la de este científico, y pocas doctrinas se han deformado tanto por ignorancia o con la intención de servir a intereses ajenos a la ciencia. Lo que sigue es un repaso de algunos de los errores, falacias e imprecisiones más frecuentes sobre la vida y la obra del naturalista inglés que inauguró la biología evolutiva.

1. El hombre desciende del mono. Este mantra, repetido hasta la saciedad, no forma parte del darwinismo. En su obra de referencia, El origen de las especies, Darwin no abordó el linaje humano, pero "al día siguiente de publicarlo, la gente ya decía que el hombre viene del mono", afirma el codirector de Atapuerca, Juan Luis Arsuaga. Los detractores de Darwin lo ridiculizaron en caricaturas que mostraban al eminente científico convertido en un simio peludo. Posteriormente, en El origen del hombre, Darwin planteó la hipótesis de que humanos y simios descienden de progenitores comunes, no unos de otros. En realidad, la idea no era novedosa para la ciencia de mediados del XIX, sino que aparecía sugerida en trabajos de otros científicos, como Thomas Henry Huxley.

2. La evolución es una escalera que conduce al ser humano. El del hombre y el mono es un caso particular de un error más general, entender la evolución como una carrera de relevos en la que una especie cede el testigo a otra. A esta confusión contribuye un recurso gráfico mil veces utilizado: un simio caminando tras una fila de antropoides con rasgos cada vez más humanos hasta llegar al hombre. Pero ni el ser humano desciende del mono, ni ninguna especie viva se ha detenido a medio camino de la evolución para dar el relevo a otra. Suele equiparse lo más evolucionado a lo mejor, como en las generaciones sucesivas de teléfonos o de coches. Pero un chimpancé no es menos evolucionado que un humano. De hecho, genéticamente se podría considerar más evolucionado; un estudio elaborado por científicos de la Universidad de Michigan (EE.UU.) y publicado en PNAS en 2007 descubría que el genoma del chimpancé acumula un 51% más de genes modificados por selección natural que el del Homo sapiens. Para el primatólogo Josep Call, la humana es solo "una especie más".

3. Los organismos evolucionan para adaptarse al medio. En la ciencia-ficción de serie B es un recurso habitual que monstruosos seres evolucionen para aumentar su poder mortífero frente a los sufridos protagonistas humanos. Esta acepción de evolución respeta el diccionario, pero no el concepto científico de evolución biológica: no evolucionan los organismos, sino las especies o los linajes. Esta idea entronca con otra noción errónea; ni el monstruo ni su linaje podía evolucionar con un fin concreto. Entre los protoevolucionistas anteriores a Darwin, el francés Jean Baptiste Lamarck propuso que los organismos se adaptaban al medio y legaban esas adaptaciones a su progenie; por ejemplo, la jirafa estiró el cuello para comer y produjo crías con cuellos más largos. El modelo de Darwin reveló que es el medio el que selecciona a los mejor adaptados a la supervivencia y reproducción. Sin embargo, hoy el lamarckismo sigue infiltrando cierta interpretación popular de la evolución.

4. El darwinismo es un dogma. Ni siquiera Darwin se liberó por completo del lamarckismo. Al desconocer la genética y los mecanismos de mutación y herencia, Darwin no sabía cómo se producen las variaciones sobre las que actúa la selección natural, lo que le hizo proponer un rocambolesco mecanismo de herencia para las modificaciones que el organismo adquiría a lo largo de su vida: si un individuo fortalecía un músculo, sus células liberaban unas gémulas que llevaban esta información al esperma o al óvulo para que la progenie naciese con el músculo más desarrollado. Cuando más tarde se divulgaron las leyes de la herencia formuladas en la misma época por el monje checo Gregor Mendel, muchos científicos las rechazaron por considerarlas contrarias al darwinismo: frente a la variación azarosa y continua de Darwin, Mendel planteaba una herencia matemáticamente predecible y estática. No fue hasta la década de 1930 que genética y evolución confluyeron en la llamada teoría sintética.

5. Darwin explicó el origen de la vida. Ni Darwin ni la moderna biología han logrado aún explicar cómo surgió la vida a partir de las moléculas biológicas primitivas. Darwin tampoco pretendió revelar el origen de la vida, sino solo su evolución una vez que existieron los primeros seres. En su autobiografía escribió que en la época de El origen de las especies aún era teísta, creyente en un dios como primer motor que había intervenido para prender esta primera chispa de vida y desencadenar un mecanismo evolutivo autoalimentado mediante leyes naturales.

6. Darwin inventó los conceptos de evolución y de supervivencia del más apto. Las ideas de antepasados comunes y de transmutación de unas especies en otras aparecen ya en los escritos de Anaximandro, filósofo griego del siglo VI a.C., así como de otros pensadores en Occidente y Oriente. Algunos de estos autores se basaban en la observación de los fósiles. Incluso una noción primitiva de selección natural aparece ya en la Grecia clásica. Pero la expresión "supervivencia del más apto" no fue acuñada por Darwin, sino que la adoptó en ediciones posteriores de El origen tras haberla leído en los Principios de Biología del filósofo victoriano Herbert Spencer, quien a su vez había inventado el eslogan al incorporar a su obra las ideas publicadas por Darwin. Ni siquiera el término evolución aparece una sola vez en El origen; este vocablo se popularizó más tarde y también Spencer fue uno de los primeros en emplearlo.

7. Los pinzones de las Galápagos inspiraron el eureka. Rara vez la ciencia avanza por eurekas; lo habitual, también en el caso de Darwin, es un progreso continuo y laborioso que bebe de múltiples fuentes. En cuanto a los pinzones, que con sus picos adaptados a diferentes alimentos han pasado a la historia como las musas de Darwin, no aparecen siquiera mencionados en El origen. En esta obra, Darwin se limitó a exponer la comparación entre las aves en general de este archipiélago y de otros lugares. En obras posteriores, Darwin sí recurriría a la comparación de especies, pero su interés no se centró en los pinzones, sino en los sinsontes.

8. Darwin refutó la creación bíblica. La fijación de los fundamentalismos religiosos por Darwin como enemigo supremo induciría a pensar que fue el británico quien destronó a la Biblia como pauta para explicar la historia natural. No fue así. En el Reino Unido, la sociedad victoriana sufría ya antes de Darwin una crisis de fe de etiología compleja, donde la razón se imponía a la revelación. A ello contribuyeron los descubrimientos en geología, que restaban crédito a la creación narrada en el Génesis en favor de una Tierra formada lentamente a lo largo de millones de años y por los mismos fenómenos que actúan hoy, no por grandes catástrofes repentinas como el diluvio universal. Esta teoría fue formulada por el geólogo y cristiano devoto Charles Lyell, y ejerció una fuerte influencia en el pensamiento de Darwin. La evolución tal como la formuló su autor no refutaba una posible creación divina, e incluso el propio científico creyó en ella durante años.

9. Darwin perdió la fe por su ciencia y fue enemigo de la religión. Ni Darwin fue un ateo militante, ni se convirtió al cristianismo en su lecho de muerte. Ambas visiones corresponden a manipulaciones de su figura, que se ha tomado como enemigo o modelo desde trincheras opuestas. Darwin explicó en su autobiografía las razones que le llevaron a abandonar la fe, y fueron argumentos sencillos que cualquier persona sin conocimientos científicos podría utilizar: las contradicciones entre distintas religiones reveladas, la negación de un Dios cruel y castigador o el rechazo a una supuesta condenación eterna para los paganos. Y su última conversión antes de morir es otro mito sin pruebas. Pero Darwin no eligió su papel como blanco del fundamentalismo religioso. Respetó las creencias de otros, como su propia esposa, y se unió al agnosticismo científico adoptado por figuras como su amigo y colega Thomas Henry Huxley. Para el agnosticismo de Huxley y Darwin, es tan imposible demostrar la existencia de Dios como lo contrario, y el ateísmo es también un acto de fe.

10. Es solo una teoría. Recientemente, un semanario católico publicaba un artículo en el que, sin negar la doctrina evolucionista, se afirmaba que "las teorías de Darwin siguen siendo una hipótesis. Falta constatación empírica". En tales afirmaciones subyace el error de equiparar la teoría a la pura especulación. Para el método científico, ninguna hipótesis se puede demostrar como cierta, sino solo como falsa. Se asume su validez cuando las pruebas merecen la aprobación de la comunidad científica. En 150 años se han aportado miles de indicios que impulsan la teoría evolutiva en el sentido que lleva desde entonces, y ni uno solo en el sentido contrario. Como señala el genetista Antonio Barbadilla, "nadie duda de otras teorías científicas que no afectan a las creencias, y pocas están tan contrastadas como la evolución".

Autor: Javier Yanes

ARTÍCULOS Y VÍDEOS SOBRE DISEÑO INTELIGENTE:

http://www.menteabierta.org/html/articulos/ar_dintelorig.htm

http://www.unav.es/cryf/darwinydi.html

http://www.truveo.com/Darwin-vs-Dise%C3%B1o-Inteligente-Parte-22-Espejo/id/942885879

http://www.desdeelexilio.com/2009/01/05/darwin-y-el-diseno-inteligente-entrevista-a-francisco-jayala/

http://gonzalez-zorrilla.blogspot.com/2009/04/darwin-y-el-diseno-inteligente.html

http://www.watchtower.org/s/20020608/article_01.htm

http://www.actionbioscience.org/esp/evolucion/nhmag.html

http://www.cryf.org/idalfaomega.html

http://www.wapa.tv/noticias.php?nid=20090210165744


DIEZ CURIOSIDADES SOBRE LA VIDA DE CHARLES DARWIN


1. Le gustaba probar especies raras. A lo largo de su vida, Charles Darwin sintió curiosidad no sólo por la ciencia, sino por todo lo que le rodeaba. Así que cada vez que descubría un animal extraño se preguntaba qué sabor tendría después de pasarlo por la plancha.


Mientras estaba en la Universidad de Cambridge se unió al "Club del Gourmet", que se reunía una vez a la semana para probar rarezas, como la carne de halcón o de búho, cuyo sabor calificó de "indescriptible". Pero estas no fueron las únicas rarezas gastronómicas que probó Darwin. Durante el viaje del Beagle comió armadillos y agutíes. En la Patagonia probó el sabor del puma y en las Galápagos se zampó algunas iguanas y tortugas gigantes. Las tortugas le gustaron tanto que cargó 48 ejemplares en el barco para comérselas en el viaje de regreso.


2. Quiso ser médico, pero no soportaba la visión de la sangre. Darwin acudió a la Universidad de Edimburgo con la esperanza de convertirse en médico como su padre, pero pronto abandonó la idea ya que no era capaz de resistir la visión de la sangre. Así pues decidió estudiar teología para ser clérigo rural, lo que resultaba compatible con su afición naturalista.


3. Su nariz casi le impide viajar en el Beagle. Como se ha contado muchas veces, el capitán del Beagle, Robert FitzRoy, estuvo a punto de rechazar a Darwin en el barco por la forma de su nariz. Fitzroy era un seguidor de las teorías de Lavater quien creía que se podía juzgar a un hombre por su fisonomía y la nariz de Darwin indicaba que no poseía la suficiente fuerza y determinación para un viaje de aquellas características.


4. El mejor regalo de cumpleaños de la historia: ¡una montaña! El día de su 25 cumpleaños, el 12 de febrero de 1834, el capitán FitzRoy decidió ponerle el nombre de Darwin a una de las montañas que iban descubriendo a su paso. Desde entonces, se conoce como monte Darwin a la cima más alta de Tierra de Fuego. Pero no fueron las únicas: Darwin tiene otras tres montañas con su nombre, en California, Tasmania y la Antártida.


5. El título completo de "El Origen de las Especies" No todo el mundo conoce que el título completo de su obra más conocida es "El origen de las especies mediante la selección natural o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida". En la sexta edición, se acortó el título.


6. Darwin no inventó la frase "la supervivencia del más fuerte" En realidad la frase es de Herbert Spencer, filósofo contemporáneo a Darwin, que lo propuso en su libro Principios de Biología en 1864 y extendió sus implicaciones en términos sociales, éticos y económicos. Darwin la incluyó en la quinta edición, haciendo referencia a Spencer.


7. Se casó con su prima después de sopesarlo. Darwin era un hombre metódico y sopesó la decisión de casarse con su prima, Emma Wedgwood, hasta el punto de hacer una detallada lista con las ventajas e inconvenientes. En la lista de casarse indicó: hijos (si Dios quiere), compañía constante (mejor que la de un perro), cuidados de la casa… Todas estas cosas son buenas para la salud pero una terrible pérdida de tiempo. Y en la de no casarse anotó: Sin hijos, nadie que te cuide en la vejez, aunque con libertad para ir donde me apetezca.Sorprendentemente, al final optó por casarse.


8. De cómo perdió la fe. Cuando comenzó su viaje en el Beagle, Darwin era una persona bastante religiosa, e incluso leía algunos pasajes de la Biblia a la tripulación. Pero todo lo que vio durante travesía le fue cambiando poco a poco.


El golpe definitivo fue la muerte de su hija con sólo 10 años. Desde entonces, se declaró agnóstico.No hace mucho, leyendo ‘La montaña de almejas de Leonardo’, de Stephen Jay Gould, descubrí el siguiente fragmento de una carta de Darwin al botánico Asa Gray, en la que comenta la reacción a su teoría de la Evolución y que clarifica bastante su punto de vista:


“Con referencia al punto de vista teológico de la cuestión. Esto siempre es doloroso para mí. Estoy perplejo. No tenía la intención de escribir de forma atea. Pero reconozco que no puedo ver tan claramente como otros hacen, y como me gustaría hacer, indicios de designio y de benevolencia a todo nuestro derredor. Me parece que hay mucha miseria en el mundo. No puedo persuadirme de que un Dios benévolo y omnipotente hubiera creado adrede los Icneumónidos con la intención expresa de que comieran desde dentro del cuerpo vivo de orugas, o de que un gato tenga que jugar con los ratones”.


9. Era un fanático del Backgammon. Tras regresar de Sudamérica, Darwin sufrió de una extraña dolencia que le debilitó considerablemente y no volvió a salir de Inglaterra. Una de sus aficiones favoritas eran las partidas de Backgammon que disputaba cada noche con su mujer, y cuyos resultados apuntaba celosamente en un cuaderno.


10. La iglesia de Inglaterra ha terminado pidiéndole perdón. Dos siglos después de su nacimiento, y tras los feroces ataques que sufrió por parte de los religiosos de la época, la Iglesia de Inglaterra (anglicana) pidió recientemente disculpas a Charles Darwin por “malinterpretarle”: "Charles Darwin: 200 años después de tu nacimiento, la Iglesia de Inglaterra te debe una disculpa por malinterpretarte y por, además de tener una reacción equivocada, haber animado a otros a no comprenderte tampoco. Tratamos de practicar la antigua virtud de 'fe buscando la comprensión' y confiamos en que esto suponga una reparación".


Magníficas Biografías. Excepcionales artículos y vídeos:

http://humanidadenred.org/index.php?option=com_content&task=view&id=6682&Itemid=34


http://www.juntadeandalucia.es/averroes/bibliotecaescolar/recursos/recursos/darwin/darwin.htm

http://www.elmundo.es/especiales/2009/02/ciencia/darwin/seccion1/index.html


http://books.google.com.co/books?id=UH9YePK6IK4C&dq=charles+darwin&printsec=frontcover&source=bl&ots=5j7jad8nm4&sig=3LFQ18_V2AOYeY-DG-SLEoC1EV0&hl=es&ei=eLrnSdKBCp2NtgfG37mXBg&sa=X&oi=book_result&ct=result&resnum=8

http://www.darwin2009.csic.es/


http://www.muyinteresante.es/darwin/pinzones.html


http://www.portalciencia.net/geniosdarwin.html


http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/specials/2009/darwin_200/default.stm


http://www.portalplanetasedna.com.ar/darwin.htm


http://www.monografias.com/trabajos5/darwin/darwin.shtml


http://darwin-online.org.uk/


http://es.wikipedia.org/wiki/Charles_Darwin

sábado, 14 de marzo de 2009

Einstein: imágenes y artículos
























































¿Fue Einstein un Extraterrestre?

Hace ciento treinta años, Albert Einstein revolucionó la Física.
Marzo 14, 2009: Albert Einstein estaba exhausto. Por tercera noche consecutiva, su bebé Hans, llorando, mantuvo a la familia despierta hasta el amanecer. Cuando Albert finalmente se durmió... era hora de levantarse e ir a trabajar. No podía faltar ningún día. Necesitaba el trabajo para mantener a su joven familia.

Caminando con energía hacia la Oficina de Patentes donde era "Técnico Experto, Tercera Clase", Albert se preocupaba por su madre. Se estaba haciendo vieja y frágil, y sus relaciones con ella eran tensas: no aprobaba su matrimonio con Mileva. Albert echó un vistazo a una ventana de la tienda por la que pasaba. Su cabello era un desorden; había olvidado peinárselo otra vez.
Trabajo. Familia. Sobrevivir hasta fin de mes. Albert sentía la presión igual que cualquier padre y marido joven.


Para relajarse, revolucionó la física.
E
n 1905, a la edad de 26 y cuatro años antes de poder conseguir un trabajo como profesor de física, Einstein publicó cinco de los más importantes artículos en la historia de la ciencia —todos escritos en su "tiempo libre". Probó que los átomos y las moléculas existían. Antes de 1905, los científicos no estaban seguros acerca de ello. Argumentaba que la luz viajaba en pequeños pedazos (más tarde llamados "fotones") y de esa forma estableció la fundación de la mecánica cuántica. Einstein describió su teoría de la relatividad especial: espacio y tiempo eran hilos en una tela común, proponía, que podían ser doblados, estirados y retorcidos.

Ahh, y a propósito, E=mc2.
Antes de Einstein, el último científico que había tenido un despertar creativo semejante fue Sir Isaac Newton. Esto sucedió en 1666 cuando Newton se recluyó en la granja de su madre para evitar el contagio de una plaga en Cambridge. Sin nada mejor que hacer, desarrolló su Teoría de la Gravitación Universal.

Durante siglos los historiadores llamaron a 1666 el annus mirabilis de Newton, o "año milagroso". Ahora esas palabras tienen un significado diferente: Einstein y 1905. Las Naciones Unidas declararon 2005 "El Año Mundial de la Física" para celebrar el centenario del annus mirabilis de Einstein. (Los ganadores del premio Nóbel y otros eminentes científicos se reunieron con el público discutir el trabajo de Einstein.)
La cultura popular moderna pinta a Einstein como un súperpensador de cabello desordenado. Sus ideas, nos dicen, estaban probablemente muy por delante de las de otros científicos. Debe haber venido de algún otro planeta —quizás del mismo en el que creció Newton.

"Einstein no era alienígena", se ríe Peter Galison, físico e historiador de la ciencia de la universidad de Harvard. "Era un hombre de su tiempo". Todos sus artículos de 1905 desentrañaban problemas que estaban siendo estudiados, con diverso éxito, por otros científicos". Si Einstein no hubiera nacido, [esos artículos] habrían sido escritos de una u otra forma, con el tiempo, por otros", cree Galison.

Lo destacable de 1905 es que un único individuo fuera el autor de las cinco publicaciones, además de la original e irreverente forma en que Einstein llegó a sus conclusiones.
Por ejemplo: el efecto fotoeléctrico. Esto era un misterio a principios de 1900. Cuando la luz golpea un metal, como el zinc, los electrones salen volando. Esto puede suceder sólo si la luz viaja en pequeños paquetes suficientemente concentrados para golpear un electrón y dejarlo en libertad. Una onda por separado no haría el truco fotoeléctrico.

La solución parece simple —la luz está compuesta de partículas. Por supuesto, esta es la solución que Einstein propuso en 1905 y por la que ganó el premio Nóbel en 1921. Otros físicos como Max Planck (trabajando en un problema relacionado: radiación de cuerpo negro), de más notoriedad y experiencia que Einstein se estaban acercando a la respuesta, pero Einstein la obtuvo primero. ¿Por qué?

Es una cuestión de autoridad.
"En los días de Einstein, si usted intentaba decir que la luz estaba hecha de partículas, se encontraba en desacuerdo con el físico James Clerk Maxwell. Nadie quería hacer eso", dice Galison. Las ecuaciones de Maxwell eran enormemente satisfactorias, unificaban la física de la electricidad, el magnetismo y la óptica. Maxwell había probado más allá de ninguna duda que la luz era una onda electromagnética. Maxwell era una figura de autoridad.
A Einstein no le importaba un higo la autoridad. Él no se resistía a que le dijeran lo que tenía que hacer, no mucho, pero odiaba que le dijeran cual era la verdad. Incluso de niño estaba constantemente dudando y haciéndose preguntas. "Su sola presencia aquí socava el respeto de la clase hacia mi", le riñó su profesor de séptimo grado, el Dr. Joseph Degenhart. (Degenhart también predijo que Einstein "no llegaría a nada en la vida"). Este defecto del carácter llegaría a ser un ingrediente clave en los descubrimientos de Einstein.

"En 1905", comenta Galison, "Einstein acababa de recibir su Doctorado en Física. No estaba en deuda con ningún director de tesis o alguna otra figura de autoridad". Consecuentemente, su mente era libre para discurrir.

En retrospecto, Maxwell estaba en lo cierto. La luz es una onda. Pero Einstein también lo estaba. La luz es una partícula. Esta extraña dualidad confunde a los estudiantes de Física I de hoy, igual que a Einstein en 1905. ¿Cómo es posible que la luz sea ambas cosas? Einstein no tenía ni idea.
Eso no le detuvo. Sin pensarlo dos veces, Einstein adoptó la intuición como herramienta básica. "Creo en la intuición y la inspiración", escribió en 1931. "Algunas veces siento que estoy en lo cierto aunque no sepa la razón".

A pesar de que los cinco artículos de Einstein fueron publicados en un solo año, él estuvo pensando sobre física, profundamente, desde su infancia. "La ciencia era el tema de conversación a la hora de la cena en la casa de Einstein", explica Galison. El padre de Einstein, Hermann, y su tío Jacob dirigían una compañía alemana que hacía cosas como dínamos, lámparas de arco, bombillas y teléfonos. Esta era la tecnología de vanguardia al principio del siglo, "como lo sería hoy una compañía de Silicon Valley", comenta Galison. "El interés de Albert por la ciencia y la tecnología llegó de forma natural".

Los padres de Einstein a veces lo llevaban a fiestas. No hacía falta niñera: Albert se sentaba en el sofá, totalmente absorbido, resolviendo problemas de matemáticas en silencio, mientras otros bailaban a su alrededor. ¡Lápiz y papel eran la GameBoy de Albert!

Einstein tenía una capacidad de concentración impresionante. Su hermana, Maja, recordaba " ...incluso cuando había mucho ruido, era capaz de tumbarse en el sofá, coger un bolígrafo y un papel, equilibrando precariamente un tintero en el respaldo y absorberse en un problema tanto que el ruido de fondo lo estimulaba más que le molestaba".

Einstein era francamente inteligente, pero no exageradamente más que sus compañeros. "No tengo talentos especiales", afirmó, "Soy apasionadamente curioso, nada más". Y otra vez: "El contraste entre la valoración popular de mis capacidades y la realidad es simplemente grotesco". Einstein atribuía sus descubrimientos a la imaginación y a preguntar insistentemente, más que a la inteligencia convencional.

Más tarde en su vida, como se recuerda, luchó con fuerza para producir una teoría unificada del campo, combinando la gravedad con otras fuerzas de la naturaleza. Fracasó. La capacidad mental de Einstein no era ilimitada.

Tampoco lo era el cerebro de Einstein. Fue extraído sin permiso por el Dr. Thomas Harvey en 1955, cuando Einstein murió. Probablemente esperaba hallar algo extraordinario. La madre de Einstein, Pauline se había preocupado mucho porque la cabeza del bebe Einstein estaba caída de un lado. (La abuela de Einstein tenía otra opinión: "¡Muy gordo!"). Pero el cerebro de Einstein era como cualquier otro, gris, arrugado, y, si acaso, un poco mas pequeño que lo normal.

Son recientes y escasos los estudios detallados del cerebro de Einstein. En 1985, por ejemplo, el profesor Marian Diamond de Universidad de California Berkeley, informó de un número de células gliales (que nutren a las neuronas) de superior calidad en áreas del hemisferio izquierdo, encargado del control de las habilidades matemáticas. En 1999, la neurocientífica Sandra Witelson informaba que el lóbulo parietal inferior de Einstein, un área relacionada con el razonamiento matemático, era un 15% mas ancho de lo normal. Además, encontró la grieta de Slyvian, un surco que normalmente se extiende desde la parte delantera del cerebro hasta la parte posterior, que no recorría todo el camino en el caso de Einstein. ¿Habría podido permitir esto una mayor conectividad entre las diferentes partes del cerebro de Einstein?
Nadie lo sabe.

No saber hace a algunos investigadores sentirse incómodos. Esto alegraba a Einstein: "La cosa más hermosa que podemos experimentar es el misterio", decía. "Es la emoción fundamental que soporta la cuna del arte verdadero y la ciencia verdadera".
Es la emoción fundamental que Einstein sentía, caminando hacia el trabajo, despierto con el bebe, sentado a la mesa durante la cena. El hechizo de lo desconocido vencía al agotamiento, cada día.

Monografía muy interesante sobre Albert Einstein:
La famosa página de Einstein, ahora en español:
Completísima biografía:
Un ensayo que reune más de diez análisis sobre Einstein, en la voz de eminentes científicos. Para descargar:
Colección de citas memorables del genio:
Análisis expléndido de su vida, para descargar:
Magistral intercambio de opiniones entre expertos en el mejor foro de ciencia de la red:

sábado, 23 de agosto de 2008

Olympia - Sergio Méndez & Brasil 66

Este es sin lugar a dudas el mejor tema compuesto para las Olimpiadas. Más exactamente para Los Angeles, 1984. Aún sigue tan fresco y vigente como nunca; despidamos estos Juegos Olímpicos con este hermosísimo vídeo.

jueves, 7 de agosto de 2008

Hiroshima Mon Amour

Por LUIS JOSÉ DE ÁVILA
Hoy, 6 de agosto de 2008, se cumple el sesenta y tres aniversario del lanzamiento de la bomba atómica sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, cuyas secuelas aún padecen hoy ciudadanos de aquel país. Días después, el nueve, una segunda bomba atómica destruyó Nagasaki. Para mi ha sido, sin duda alguna, una efeméride significativa ya que ese día, hace sesenta y tres años, tuve la suerte de nacer en Oviedo y no en Japón, coleando como estaba la II Guerra Mundial.

No tuve conciencia de la fecha hasta que estudiando primero de Bachillerato en los Dominicos de Oviedo me tropecé con ella en un libro de texto de Historia cuya asignatura nos daba a un grupo de adolescentes espabilados como Rafael Sariego, Ignacio Gracia Noriega, Antonio Masip Hidalgo, Juan Luis Rodríguez Vigil, José Manuel Montes Vidau, Roza Pontigo, etcétera, el fraile padre Eutimio, de Burgos, que siempre presumía, y con razón, de confesar a la esposa de Franco, la ovetense Carmen Polo, cuando venía a la capital del Principado. Aquel descubrimiento me marcó ya que rápidamente asimilé que con Hiroshima y conmigo -hoy hace sesenta y tres años nacieron otros dos ovetenses además de un servidor, ¿Qué habrá sido de ellos?- se iniciaba una nueva era en el mundo, la atómica, que sirvió militarmente hablando para dar por finalizada la II Guerra Mundial con la capitulación del imperio nipón.

Tras otra guerra, la fría, la caída del comunismo y el surgimiento del fundamentalismo islámico, a los sesenta y tres años de la bomba de Hiroshima somos más en el planeta tierra -seis mil millones de seres humanos-, pero continuamos igual de desavenidos. Es cierto que el humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra y además de ser también capaz de devorar a su semejante, pero también es cierto que nuestra sociedad ha avanzado, principalmente en medios materiales aunque no tanto morales.
La energía nuclear al día de hoy se utiliza a ambos lados: con fines pacíficos y de producción energética y con fines disuasorios y de carácter militarmente defensivo. Nunca ha vuelto a emplearse una bomba atómica destructiva desde la de Nagasaki. Se hacen pruebas y países emergentes y belicosos intentan hacerse con un arsenal de las mismas. Hoy por hoy Irak y Siria son la amenaza de Andrómeda. Corea del Norte ha tirado la toalla y Rusia se occidentaliza a pasos agigantados. Occidente, basada su economía y felicidad en un petróleo que no tiene y debe adquirir cada mes a precio más elevado, ve como ha entrado en una crisis estructural profunda, mientras todos los gurús, de occidente y de oriente, miran a la Casa Blanca norteamericana a la espera de quien se sentará en el sillón presidencial el próximo mes de noviembre. Yo, y otros muchos, apostamos porque sea el afroamericano Obama, aunque reconozco que no hay mejor blanco -no me refiero físico- que un negro en una casa blanca, pero los norteamericanos con casi diez mil muertos entre Afganistán e Irak ya han visto las orejas al lobo -no lo hacían desde la guerra del Vietnam- y quieren recuperar el vigor y empuje que en su día, allá por la década de los 60, les insufló Kennedy.

Iniciado el siglo XXI, el de las tecnologías de la comunicación, a decir de los expertos, nuestra sociedad camina a velocidad de vértigo hacia metas insospechadas para los de nuestra generación. Vivimos ya, a sesenta y tres años de la bomba de Hiroshima, en un mundo global, sin fronteras, lo que no impide movimientos localistas y vecinales que no paran de querer colocar alambradas al campo. Los aldeanismos de ciertos dirigentes autonómicos en nuestro país -afortunadamente no de Asturias- son un buen ejemplo de ello, pero lo que tiene que quedar bien claro, por encima de todo, es que aún a los 63 años, Hiroshima y los que ese día nacimos y seguimos teniendo la dicha de estar somos optimistas ante el futuro. Como solía decir mi abuela, no hay tormenta que no escampe y tengo, por tanto, mucha fe en las generaciones que nos preceden.

Sirvan estas líneas, en definitiva, de solidaridad y respeto con los ciudadanos de Hiroshima y Nagasaki, con los ciudadanos del mundo entero, en un día tan significativo y que siempre debemos de tener presente.

 
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