martes, 16 de junio de 2009

Céline: el hombre enfadado


En sí misma, toda idea es neutra o debería serlo; pero el hombre la anima, proyecta en ella sus llamas y sus demencias; impura, transformada en creencia, se inserta en el tiempo, adopta figura de suceso: el paso de la lógica a la epilepsia se ha consumado... Así nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas. E.M. Cioran

Leía Viaje al fin de la noche , y pregunté a mi madre: - Mamá, dime qué le debieron de hacer a este hombre. Dime por qué está tan enfadado.

Tuve respuestas inmediatamente. Para empezar Céline, en realidad Louis Ferdinand Destouches, fue en su más tierna juventud enviado al frente de la primera guerra mundial. Oficialmente hacía falta defender a la patria. ¿Acaso no es éste suficiente motivo como para escribir una de las más feroces sátiras contra la civilización occidental? ¿Es injustificado desentenderse del mundo cuando éste se ha convertido en una estafa universal, en algo así como una trampa a gran escala? ¿Cómo no hubiera podido enfadarse ante semejante espectáculo?

Norte es el último volumen que nuestro autor perpetró en vida, dos años antes de morir. Aunque su contenido pueda engañarnos, se trata de parte de sus memorias en el exilio. Para ser más precisos, la obra reúne lo que recuerda del período final de la Segunda Guerra Mundial, ni más ni menos que a cien kilómetros de Berlín cuando una vez fue destruida por completo. La pregunta es qué hacía él allí en esos momentos, en un albergue para refugiados alemanes. Y la respuesta es sencilla: no hacía nada, pero allí estaba porque era collabo, es decir, francés colaboracionista: nazi.

¿Niega Céline alguna vez las acusaciones de que fue objeto? En absoluto. Sí nos ofrece sus reflexiones, nunca alegaciones. Su pensamiento crítico, sus opiniones son el motor de Norte, que es un relato caótico, mucho más nervioso en cuanto a prosa que su primera novela, mucho más cáustico y desorganizado, como nos confiesa continuamente:

"...¿que no hay el menor orden en mi relato?...¡ya os orientaréis!...¿ni pies ni cabeza?...¡maldita sea! [...] ¡mala suerte! El libro entero está en Gallimard, ¡y qué poco les importa también a ésos!... ¡recuerdos y memorias!... ¡sólo las vacaciones los despiertan!"

Este desorden estructural impulsa a muchos a afirmar que su autor llegó a perder los papeles. Es una definición exacta. Ahora bien, debió perderlos premeditadamente. La reflexión sobre este desorden, la afirmación de que el escritor puede y debe ordenar su material como le plazca, como se lo vaya proporcionando su propia memoria, constituye uno de los numerosísimos motivos que se repiten cíclicamente.

Otros leit-motivs muy frecuentes son los que tienen que ver con la destrucción del mundo. La bomba H, la de fusión nuclear de hidrógeno, mucho más potente que las de fisión (las de Hiroshima y Nagasaki) no es más que el símbolo de a lo que conducirán los excesos de la guerra fría. Uno no puede pensar sin estremecerse que dos años después se produjera la denominada crisis de los misiles...

Otro motivo gira en torno a los chinos. Los chinos son en Céline la garantía de que una turba multitudinaria y furibunda barrerá el mundo occidental. La chusma acabará con todo, la célebre frase de Nietzsche, es citada nada menos que tres veces a lo largo de todo el libro. Ésta no deja de ser una concepción finalista, en que la historia se encamina hacia su propia e inevitable destrucción. Que todo un pueblo como el chino se una bajo un solo credo, el comunista, y se disponga a uniformizar el mundo es equivalente a que la chusma acabe con todo. Claro que todas estas concepciones apocalípticas no son más que literatura. Céline era suficientemente diletante como para dejarse llevar por las palabras, como para no tener que creer siempre lo que dijera, como cualquier cínico o dandy. Como Cioran o el Marqués de Sade.

¿Qué entenderé por dejarse llevar por las palabras? Utilizarlas como un auténtico proyectil fonético, como una carga de profundidad que se intalase en el cerebro receptor. Utilizar los términos negro, alemán, francés, ruso, enfermo, lisiado como adjetivos despectivos forma parte de una estrategia para convertir el léxico en una suerte de ametralladora. Céline pretende arremeter contra el relato lineal. La sintaxis, el vocabulario, la disposición de los acontecimientos, todos los elementos de su prosa sirven para expresar la crispación, el estado de tensión que está viviendo el escritor en el momento mismo de generar su enunciado. Palabras obscenas (retrete, zurullo, ano, orgía, reventar...), insultos, figuras retóricas de contenido macabro o el humor negro son otros de los elementos con que maltrata al lector, zarandeándolo, y provocando en él mil reacciones que van del más tonificante de los entusiasmos al más profundo de los rechazos.

Por todo esto, Norte es un libro que nació con todo en contra, pensado para ser rechazado, odiado: un libro incómodo, asombrosa y extrañamente divertido, o por lo menos insólito.

No cabe duda de que Céline era racista, como tantos otros médicos de su tiempo, que fue expulsado de Francia gracias en buena parte a sus libelos antisemitas. Eso no significa que actuara contra unas razas en concreto para afirmar la propia. Lo mismo aplico para Nietzsche: si se detesta a todo el mundo, ¿se puede no ser racista? Los argumentos de Céline no son nunca defensivos: él cree que nunca cometió nada punible. Nunca actuó en detrimento de nadie porque nunca tuvo ideología alguna. Nunca olvidemos que tenemos delante a un desvergonzado, a un dandy. Todos los esfuerzos de Norte van encaminados a demostrar lo siguiente: el mundo está dividido en ricos y pobres. Los ricos mueven por hilos a sus pobres para que se asesinen mutuamente en los campos de batalla por ideologías que sólo a ellos, los poderosos, interesan. Todos los soldados, por lo tanto, luchan estafados. La obra de Céline, un hombre de escasos recursos económicos, puede entenderse como un frontal ataque, como una monumental boutade contra la alienación. Éste es el pensamiento sociológico de Céline, por el que se acerca momentáneamente a una postura marxista.

En cuanto toda simpatía y posibilidad de identificación con cualquier patria, credo o moral ha desaparecido, una persona no siente ya necesidad de ser amable, de guardar apariencia alguna. Puede mostrar todo su desprecio. Se ha exiliado voluntariamente, por lo que no puede ser expulsado. Ya no pertenece a ningún sistema de convenciones éticopolíticas:

"Visto desde la otra orilla, no está nada mal... ya no tienes que charlar, perder el tiempo para mostrarte amable, el estatuto de paria tiene su lado bueno... cuando veo a De Gaulle en casa de Adenau... Adolf y Philippe [Pétain] en Montoire... Carlos Quinto visitando a Isabel... ¡todo zalemas, carmín, polvos, para nada!... el "intocable" ya no tiene que maquillarse, un poco más de mierda, y se acabó, de arriba abajo, ¡lo único que le piden!"

Por descontado, Céline odia al comunismo como odia también a todas las otras religiones y credos. Como Nietzsche y Cioran, los pensadores que constituyen nuestras referencias (Cioran, como tantísimos otros, vivía en París y publicaba en Gallimard. Es posible que él y Céline se leyeran mutuamente. En cualquier caso sostienen posturas similares). Todo argumento teleológico que, como la salvación o la revolución, diera sentido a la historia y a la vida humana, es inadmisible por lo que tiene de uniformizador de personalidades, por lo que tiene de igualitario. El dandy quiere mirar siempre por encima, con toda su voluntad de poderío, frente a la vulgaridad de la mayoría engañada. Tanto Céline como Cioran son muy refractarios a la figura de Jean-Paul Sartre, principal impulsor de la literatura comprometida con los problemas y necesidades de la sociedad. Cioran llega a decir de él que es un hombrecito de vida e ideas patéticas. Céline, ante las acusaciones que Sartre lanza contra él, dice que es él el loco, el que se compromete para salvar lo condenado al egoísmo. El hombre es demasiado perverso como para ser defendido. Si toda la humanidad es malvada, ¿cómo iban a poder no serlo ellos?

"El gran cansancio de la existencia no es más, tal vez, que el enorme trabajo que nos tomamos para ser razonables durante veinte, cuarenta años y más, para no ser simple y profundamente uno mismo, es decir: inmundo, atroz y absurdo. Una pesadilla, tener que presentar desde la mañana hasta la noche un superhombre, como un pequeño ideal universal, al subhombre claudicante que se nos ha dado."

Esta absoluta ausencia de apuntalamiento ideológico nos conduce a una nueva concepción de la solidaridad y la convivencia. Sólo un escéptico podrá ser solidario con todos los demás. No hay credo o religión posible que simpatice con cualquier manifestación de la vida, porque ésta incluye inevitablemente acciones violentas, guerreras, o simplemente no estipuladas por ningún libro sagrado o ético. Sólo para el desvergonzado, el criminal sin crimen, que ladra y no muerde, tiene sentido algo así como la solidaridad universal, destinada a todos y cada uno de los seres del mundo por igual, sin distinción alguna.

Curiosamente, habiendo publicado decenas de escritos en que defendía el suicidio, Cioran confiesa en una entrevista haber ayudado a muchos a superar sus problemas. Suicidas de todo el mundo le confiaban sus situaciones, pidiéndole consejo. Cioran se solidarizaba con ellos, incluso los invitaba a pasear y los convencía de que lo libertador era cansarse de pensar en la muerte, agotar ese tema, tenerlo ya por habitual y rutinario, y dedicarse a otras cosas... De la misma forma, Céline no hace otra cosa que curar enfermos, sean del bando que sean, aunque le hayan perjudicado. Es comprensivo con todos, desde el pobre nazi decadente que intuye ya que va a ser aniquilado hasta el francés prisionero que lo delata y lo odia, al cual regala tabaco y víveres. Por eso, aunque aparentemente sus libros parezcan una condena absoluta, están muy lejos de serlo. Céline salva a muchos de sus personajes, reales o no, y eso le convierte en una personalidad verdaderamente singular...¡es un hombre capaz de bondad, de verdadera y arbitraria bondad !

Entre los personajes que salva encontraríamos a su mujer, a su amigo el actor alelado, a su gato, a todo aquél que tuviera suficiente pereza como para no asesinar, a todo cobarde, traidor o humorista. En definitiva, la desesperación, la incapacidad, la impotencia y la inactividad son los factores que interesan a Bardamu y al propio Céline. Toda carnicería es perpetrada por el héroe, el fanático o el mártir, por el idealista. El ser normal, el lúcido, será siempre perseguido por el disparatado, por el febril, por quien se empeña en demostrar sus tesis, sus fortalezas, seguridades e infalibilidades.

Lo que sorprende es que alguien así cayera en las redes precisamente del nazismo. Esto no es extraño, sino más bien habitual en la época (caso D'Annunzio, caso Ezra Pound), y podría explicarse por una cuestión de supervivencia, y por otra de cansancio. Expliquémonos...¿Fue Céline nazi de veras? ¿Tuvo ambiciones imperialistas, ansias de que los judíos desapareciesen y de que los arios reinasen sobre los europeos? No lo parece en absoluto. Lo que es más plausible es que no tuviera adónde ir cuando la Resistencia se lo robó todo y lo amenazó de muerte, o incluso que se cansara de ser acusado, que no soportara el ambiente circundante y se entregara a la primera doctrina potente que encontró. Cioran es quien mejor ha descrito este tipo de procesos, en los que el intelectual fatigado se deja caer en las garras del totalitarismo:
"El intelectual fatigado resume las deformidades y los vicios de un mundo a la deriva. No actúa, padece; si se vuelve hacia la idea de tolerancia, no encuentra en ella el excitante que necesitaría. Sólo el terror se lo proporciona, lo mismo que las doctrinas de las que éste es consecuencia. ¿Qué es su primera víctima? No se quejará. Sólo le seduce la fuerza que le tritura. Querer ser libre es querer ser uno mismo; pero él está harto de ser él mismo, de caminar en lo incierto, de errabundear a través de las verdades. "Ponedme las cadenas de la ilusión" suspira, mientras se despide de las peregrinaciones del Conocimiento. De este modo se arrojará de cabeza en cualquier mitología que le garantice la protección y la paz de un yugo"

Céline, consciente de quién está perdiendo la guerra, tiene miedo de relacionarse con lo que llama supernazis, nazis de verdad, que son las únicas personas que pueden protegerlo de una muerte cierta e inmediata. A la vez, relacionarse con oficiales de las S.S. es garantía de ser fusilado a medio plazo. A Céline le costó la cárcel. Por eso podríamos hablar de nazismo circunstancial, medio forzado. Porque la alternativa era la muerte.

Pero hay otro motivo por el que entró en ese círculo que iba engulléndolo (esa consciencia de ir siendo tragado como por una corriente perniciosa e inexorable constituye otra constante que, página tras página, a medida que el responsable de su protección es un hombre cada vez más comprometido con el poder del Reich). Pudo haber sido su nazismo un último intento de no caer en la terrible polarización manipulada que sacudía Europa, de no volver a formar parte de la guerra, de evitar sus consecuencias para uno mismo. Este motivo es ni más ni menos que... el anarquismo. El anarquismo entendido como la libertad de someterse a un yugo en cuanto se desee, de esclavizarse a uno mismo a voluntad :

"¿cuántas cartas de insultos recibo al día? Siete u ocho...¿y cartas de admiración inmensa?... casi otras tantas... ¿acaso he pedido algo? ¡de ningún modo! ¡nunca!... anarquista soy, he sido, sigo siendo, ¡y me traen sin cuidado las opiniones!"

Céline es racista porque lo es todo el mundo. Mejor: porque para él no se puede ser de otra manera. Es más, y aquí parte de su propia experiencia en África, todos los hombres de todas las razas son racistas respecto a los demás. Céline es malvado como lo es todo el mundo, aunque en momentos de polarización social o internacional haya siempre un bando que se apodere del lenguaje de la bondad, la santidad y la fraternidad para disimular, disfrazar, ser hipócrita. Por eso se pasa al bando contrario: no es más malvado que el anterior, y además aún no lo ha estafado como hizo el francés. Por otra parte, no debía sentir precisamente aprecio por el nazismo y los nazis, como demuestran estas palabras:
"...no era un tipo antipático... pero tampoco muy comunicativo... daba la impresión de que le iba el rollo... sería el primer nazi que se pareciera a lo que debían ser, tercos, bien gilipollas...

"¡los alemanes me la chupan! Si no te impones, ¡estás jodido!"

Esta maldad del ser humano lleva a Céline y a su mujer a apreciar más la vida animal que la humana, porque la destrucción es inocente en el animal, y en cambio el hombre es doblemente culpable porque podría evitarla, escoger entre el bien y el mal. Su condición consciente lo convierte en un auténtico malvado:
"No tenía el gran ideal humano, yo. Creo que habría sentido más pena por un perro en trance de morir que por Robinson, porque un perro no tiene maldad, mientras Robinson, de todos modos, era un poco malo. También yo era malo, éramos malos..."

Frecuentemente, Céline esperpentiza a la Humanidad mediante léxico fisiobiológico. Es lo que podríamos llamar visión biológica del cosmos . El hecho de que fuera médico ayuda al autor a construir paralelismos y enumeraciones verdaderamente inhabituales:
"... en realidad, en cualquier lugar y en cualquier época, paz, calma chicha, guerras, convulsiones, vaginas, estómagos, vergas, jetas, ¡que ya no sabes qué hacer con ellos! ¡a espuertas!... pero, ¿los corazones?... ¡infinitamente raros! Desde hace quinientos millones de años, la tira de vergas, tubos gástricos, pero, ¿los corazones?... ¡se pueden contar con los dedos!"

Otra pregunta que se plantea el autor es por qué es tan perseguido. Qué mal puede causar al mundo un anciano cojo (él mismo), una mujer bailarina (Lili, su esposa), una vieja gloria del cine medio enloquecida (su íntimo amigo Le Vigan) y su gato Bébert (perseguido hasta por el Tercer Reich). En el fondo, Céline no es más que un cronista más o menos célebre. Dice Cioran que los únicos hombres inofensivos sólo pueden ser los vagos, los diletantes y los estetas, porque son los únicos que no dicen nada, que de verdad se abstienen de participar en la epilepsia universal, en los choques de intereses e ideologías. El inactivo no puede hacer daño a nadie. Entonces, ¿por qué todo el mundo los persigue, sean del bando que sean?, se pregunta. Porque nadie perdona la abstención. La sociedad es intransigente con el don Nadie, y le obliga a tomar apellidos, oficio, y a asumir responsabilidades y actividad. Toda ideología necesita adeptos y enemigos para funcionar, para ser práctica y operativa. El comunismo se inventó adeptos. La Inquisición y el nazismo, enemigos. Por eso se acaba reclamando el silencio, y es placentera la nada de senectud:
"...pero tenía la impresión clarísima de que todo aquello estaba tramado, preparado, y de que yo era el payaso... ahora comprendo, si tuviese que volver a hacerlo, no lo haría, ¡todas aquellas penalidades!...¡a hacer puñetas todo!... la impresión que me darían, nazis, resistentes, amas de casa, apicultor, guarda jurado, tagarotes y lisiados, ¡a tomar por culo!... sonrisas y muecas, vencedores y vencidos, ¡la misma marmita!... lo único que necesitas al final de la vida, no volverlos a ver, no hablar ya de nada, ya lo sabes todo... derecho, revés, cabeza, ano... todo el trabajo, más de la cuenta, que te has tomado..."

Para Céline la humanidad es abyecta, no existe nadie libre de culpa. Demostrar eso, que la maldad está presente en todas partes, es el motor de su primera novela. Mostrar cómo se manifiesta el egoísmo en África, en América, en París, entre burgueses, entre soldados, obreros, borrachos, enfermeras, prostitutas, nobles, ancianos, niños. ¿Qué es la noche para Céline? La vida misma, es decir, la guerra. Llegar a su fin es un acto de sinceridad, de desnudez. Todo aquél que se despoja de sus amables vestiduras, revela lo que hay en él de inadmisible. Por lo tanto, los nazis fueron los más sinceros de todos, al mostrar a cara descubierta todo el horror que eran capaces de provocar en el mundo. Viajar al fin de la noche es no extraviarse del camino de la soledad y la maldad: no intentar nada para alejarse del abismo, no maquillar la pesadilla. El nazismo fue para Céline el fin de su propia noche, fue su estación final, definitiva.

por: Andreu Navarra Ordoño
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1 comentario:

bfggds dijo...

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